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Luis del Val: "Quienes piden libertad e impiden la libertad de los demás, son fascistas"

"Fascistas de izquierda" afirma el profesor recordando la definición del filósofo Jürgen Habermas

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Luis del Val

Colaborador

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 10:06

Pasaron los tiempos en los que, como decía Concepción Arenal, en España, una mujer sólo podía ser o reina o estanquera. Los derechos, todos los derechos, están en las leyes, y lo que falta es que el espíritu de las leyes empape a toda la sociedad, que es el procedimiento más largo. Un ejemplo, lo pudimos contemplar ayer, cuando vimos cómo una mujer puede ascender en la escala jerárquica de la sociedad, sin ningún tropiezo, y convertirse en la vicealcaldesa de la ciudad más importante de España, pero no es libre para asistir a una manifestación feminista, porque las mismas mujeres que reclaman que la libertad reconocida en las leyes se aplique con efectividad, impiden de manera violenta, con una intolerancia agresiva, que esa mujer, que no ha tenido dificultades para cosechar votos de sus conciudadanos, pueda asistir a la manifestación.

 Ayer, me acordé del filósofo Jürgen Habermas, al que en 2003 le concedieron el premio Príncipe de Asturias. Fue el primero el que empleó, allá por los años sesenta del pasado siglo, el término fascismo de izquierda. No cabe duda de que el grupo de viragos violentos con apariencia de mujer, que apostrofaron a otra mujer, pertenecen a ese fascismo de izquierdas que llama fascista a cualquier persona que no rinda culto a su pensamiento totalitario y excluyente. Fascismo de izquierda es el régimen totalitario de Venezuela, por ejemplo. O el de Cuba. Lo que está claro es que quienes salen a la calle con una pancarta que pide libertad, e impiden la libertad de los demás, son fascistas de izquierda, a las que además se les advierte una concepción bastante clasista, porque a las expulsadas, además de denominarlas fascistas sin serlo, les pedían que se fueran de cajeras a un Burger King, como si esa actividad laboral, que llevan a cabo cientos de mujeres en todo el mundo, fuera una actividad denigrante. Aunque yo no fui quien insultó a las trabajadoras de las hamburgueserías, les pido perdón y les aseguro que millones de mujeres y de hombres consideramos que su actividad es tan digna como cualquier otra. Lo que es indigno es practicar el fascismo de izquierda en un día de unidad; lo que es indigno es ese grupo de mujeres que, en la empresa -y un partido político también es una empresa- hacen uso de la libertad para promocionarse justa y legalmente, pero, llegado el caso, recurran a las antiguas armas de mujer, y ascienden en la jerarquía por haber seducido con esas armas de mujer a una parte de ese patriarcado dominante que tanto denigran. Eso sí que desconcierta a las mujeres que luchan, y se esfuerzan, y tienen que demostrar su valía, y preservan su dignidad ante los ataques de machismo.

Eso sí que produce una desmoralización tan tremenda como comprobar la apropiación de una lucha en la que han intervenido hombres y mujeres de diferentes ideologías. Eso sí que amarga, porque cuando algunas de estas tontas contemporáneas no habían nacido, en un país donde las manifestaciones estaban prohibidas, ya íbamos de la mano muchos hombres y mujeres buscando la libertad.

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