"¿Qué quiere Trump? ¿Un Papa que le aplauda los bombardeos?"
Jorge Bustos analiza las críticas del presidente de Estados Unidos a León XIV
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En Budapest se vive un momento histórico de cambio que va más allá de las fronteras húngaras. Víktor Orbán, el presidente que reinventó el nacionalismo populista en Europa, ha perdido el poder después de 16 años. Orbán ha sido siempre la chinita rusa en el zapato de la Unión Europea. Cada vez que Bruselas ha movido ficha contra Putin, Orbán ha vetado ese movimiento para defender a Vladimir. Ni siquiera la guerra de Ucrania le ablandó, le convenció de alinearse con el agredido. No, no lo hizo con el agresor.
El gobierno húngaro ha bloqueado hasta ahora todo lo posible, las sanciones a Rusia y la ayuda a Ucrania. De hecho, Hungría mantiene bloqueado todavía un préstamo europeo de 90.000 millones de euros para Kiev, que es un dinero vital para su supervivencia económica y su esfuerzo militar. El motivo es que Orbán acusaba a Ucrania de bloquear un oleoducto que procede de Rusia y que nutriría Hungría de crudo, pero claro, pasando por el territorio de Ucrania, del invadido. Así que con la caída de Orbán, no solo la Unión Europea respira aliviada. En principio para Zelenski también va a suponer una bombona de oxígeno.
Y digo en principio porque el ganador de las elecciones húngaras tiene una ardua tarea por delante para desmantelar las estructuras iliberales, o sea, autoritarias que construyó Orbán durante 16 años. El nuevo priministro se llama Péter Magyar, tiene 45 años, es conservador, procede de una familia de políticos y jueces. Empezó su carrera política precisamente en el partido de Orbán. Llegó a formar parte de su gobierno. Su mujer también era ministra de justicia, por cierto. Y en 2024 se salió del partido de Orbán, denunciando la corrupción del gobierno y fundó la plataforma que acaba de ganar las elecciones. Bueno, acaba de arrasar. Pero lo que realmente explica la euforia desatada en Bruselas ahora mismo es que Magyar ha defendido volver a alinearse con Europa y alejarse, por tanto, de Rusia. Y anoche insistía en ese mensaje.
Es llamativo que desde España tanto Sánchez como Feijóo hayan coincidido en felicitarle por su victoria, pero Feijóo tiene muchos más motivos para hacerlo. De hecho, la izquierda no ha sacado ni un diputado en el Parlamento húngaro, ni uno. Esto era un combate PP - Vox, por decirlo así, y ha ganado abrumadoramente el PP. Por eso Feijóo está tan contento, por afinidad ideológica y porque el resultado húngaro es una gran victoria del PP europeo y un palo gordo para Vox, que había encontrado en Orbán un espejo en el que mirarse, bueno, no solo un espejo, también una fuente de crédito, porque ha sido un banco húngaro el que ha prestado financiación a Abascal.
También Trump acaba de perder a uno de sus peones en el tablero de la Unión Europea. De hecho, mandó la semana pasada a su vicepresidente JD Vance apoyar a Orbán en la campaña, pero Vance es un poquito gafe, causa que apoya, causa que fracasa.
Fracaso de las negociaciones en Irán
No está en su mejor momento el bueno de Vance, ha regresado de Pakistán sin acuerdo con Irán en la primera tanda de negociaciones. Según la prensa estadounidense, los haya se han negado a ceder en el programa nuclear y en la reapertura del estrecho de Ormuz y en consecuencia Trump ha cambiado de estrategia. Le podemos llamar estrategia. El caso es que para presionar a los países que siguen negociando con Irán o pagando un peaje para pasar por el estrecho de Ormuz, quiere parar a cualquier buque que salga de Irán cargadito de crudo, en especial a los que salen con destino a Pekín, a China, que es a los únicos a los que los iraníes dejan pasar. El bloqueo total del estrecho va a comenzar a las 16h, hora española. La idea es identificar los barcos que estén en puertos iraníes, seguirlos y que la Armada estadounidense les dé el alto y los detenga en cuanto salgan del estrecho de Ormuz.
O sea, un bloqueo sobre el bloqueo concebido para estrangular la economía de Irán, para presionar a los ayatolás y también a los países que negocian con Irán, principalmente China. Lo malo es que esa presión también va directa sobre nuestros bolsillos. Cuando Trump ha confirmado el cerrojazo, el precio del barril de brent ha comenzado a subir esta madrugada por encima de los $100. Así que a estas alturas es difícil saber cómo va a acabar esto, qué resultado tendrá la estrategia de Trump si es que tiene alguna más allá de la pataleta. Estamos acostumbrándonos a Trump, pero si lo pensamos un poco, si tomáramos distancia, nos resultaría muy difícil creer que un presidente de Estados Unidos sea capaz de meterse en este lío y siga negándose a dejarse asesorar para salir de él. No admite ni una sola crítica y menos si es razonable. De ahí sus palabras contra el Papa León XIV tras su llamamiento a la paz.
“No creo que esté haciendo un buen trabajo. Diría que parece que le gusta el crimen. Habla desde el miedo. No queremos un papá que diga que está bien tener armas nucleares. Tampoco queremos un Papa que vea con normalidad el crimen en nuestras ciudades. A mí no me gusta. No soy fan del Papa León XIV es una persona muy liberal y alguien que en mi opinión no quiere poner fin a estos crimen”.
¿Qué quiere un Papa que le aplauda a los bombardeos? Pues esta es la actitud, la del instinto más primario. Dice lo primero que se le viene a la cabeza sea quien sea el destinatario del mensaje, que para eso es el hombre más poderoso del mundo. Trump aplica siempre su ley de la selva, pero este infantilismo trumpista sería cómico si no fuera tan peligroso, porque el problema de sus rabietas es que se acaban traduciendo en destrucción física y en ruina económica para los demás.