Antonio Agredano y su relación con las discotecas: "Recuerdo el olor a canela de los baños y los escotes de las camareras"

El cronista de Herrera en COPE habla de esas pistas de baile que hemos frecuentado.

Redacción Herrera en COPE

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Los bares que marcaron nuestra juventud... recuerdos de lugares donde nuestros Fósforos disfrutaron la vida con vivencias que han recordado hoy en Herrera en COPE. Antonio Agredano, les pone voz y letra.

DISCOTECAS

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Ojalá tener edad para cerrar más discotecas. Para que las luces nos muestren la suciedad y los amores improvisados en las esquinas. Ojalá ser joven para salir a la calle y que sea de día. Y caminar confundido hasta casa tras haber bailado esa música del diablo. Ojalá todas las noches fueran sábado por la noche. Con aquellos amigos, con aquellas pintas, con aquella voracidad por todo.

Recuerdo el olor a canela de los baños y los escotes de las camareras y esos chupitos de vodka caramelo a los que me invitaban y pedirle al pinchadiscos siempre la misma canción. Echo de menos hasta las resacas. Echo de menos aquel cuerpo y aquellas ganas. Echo de menos la madrugada y cómo sonaban los bajos y moverme torpemente en la pista y entrarle a las rubias y acodarme en la barra con mi fernet cola haciendo la mirada del Furby a todas las que por allí pasaban.

Pero miradme, con este cómodo pijama de franela y esta batita de boatiné en el sofá de casa. Haciendo zapping por los canales de Historia. Entusiasmado con un documental sobre la presencia de Alejandro Magno en Egipto. Miradme con mi cuenquito de altramuces, mi copa de vino blanco, la mantita por encima de las rodillas. Los niños dormidos ya en su cuarto. La ropa de correr preparada para el día siguiente.

Y los domingos por la mañana, con música en los auriculares, bien temprano, trotando a cinco minutos y cuarenta segundos el kilómetro, me cruzo con los chavales que vuelven de sus fiestas. Fuman y apuran sus cacharros en las puertas de la discoteca recién cerradas. Yo de impoluto naranja fluorescente, ellos de negro, despeinados, con el rímel churreteado en las mejillas. Me miran como a un extraterrestre. Tienen piedad de mí. Les doy pena. Pero a mí no me dan pena ellos. Yo los envidio. Porque fui feliz ahí, donde están ahora, apoyados en los coches aparcados.

Pero cada tiempo tiene su ritmo. Cada edad tiene su talento. Me preocupa mi barriga, me preocupa un asunto del trabajo que tendré que afrontar el próximo lunes, me preocupan mis hijos, las tutorías, el trimestre del IVA, la humedad que ha salido en el techo del baño. Ojalá cerrar discotecas. Pero aquí estoy. Haciéndole un sándwich a los niños mientras escucho el monólogo de las ocho para saber cómo va el mundo.