Antonio Agredano y esos planes frustrados tras el accidente de Adamuz: "Tras el adiós llega el duelo y tras el duelo sólo Dios sabe lo que nos espera"

El cronista de Herrera en COPE habla de todos esos planes frustrados por culpa del corte de la línea férrea de alta velocidad tras el accidente en Adamuz (Córdoba)

Redacción Herrera en COPE

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Un regalo a su pareja, un grupo de malagueños que se organizan para venir a Madrid... muchos son los planes que el accidente ferroviario de Adamuz ha dejado en el limbo y a los que Antonio Agredano pone voz y letra.

NORMALIDAD

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Volver es un verbo lleno de incertidumbre. Los mapas del tiempo son muy confusos. A veces, el pasado se disfraza de consuelo y el futuro se desviste de esperanza. Le ha pasado a usted muchas veces. Que aun con el dolor dentro, ha tenido que salir a la calle, y retomar las rutinas, y volver a la vida como quien vuelve a escribir a mano, y siente la torpeza de su trazo y las letras ilegibles.

La normalidad es una cosa extraña. Sólo reparamos en ella cuando nos la han robado. En el vértigo de los días, no reparamos en las cosas sutiles. En el beso de buenos días. En el olor de los mercados. En lo cándido y azul que se muestra el cielo algunas mañanas. El primer sorbo a un buen vino. El olor a sopa de mis hijos cuando voy a la cama a despertarlos. Las risas en las terrazas y los pies en alto cuando llega la noche y la cotidianidad se frena suavemente sobre nosotros.

Las lágrimas abandonan entonces las mejillas y se deslizan hacia dentro, como un río subterráneo, como el Leteo, aquella corriente donde mujeres y hombres trataban de olvidar. Nada es más legítimo que el miedo. Nada más humano que dudar. Nada más nuestro que volver. Que intentar volver. A aquellos lugares donde nos sentimos a salvo. Cada invierno esconde su primavera.

Los coches llenan las autopistas, los aviones dibujan su vuelo, las estaciones están llenas de silencio. Las redes se han llenado de lazos negros. Tras el adiós llega el duelo y tras el duelo sólo Dios sabe lo que nos espera.

¿Cuántas veces ha querido volver a un sitio que ya no existe? Como un local abandonado donde antes hubo felicidad. Cerrar los ojos y desear que nada haya pasado. Abrirlos y seguir aquí. Conviviendo con nuestros pesares. A medio vestir. Sacando fuerzas para salir a la calle. Para recuperar nuestras vidas quebradizas. Para completar, casi ausentes, nuestras obligaciones, nuestras rutinas. Porque somos lo que tenemos, pero, sobre todo, somos todo aquello que perdimos. Somos aquellos lugares a los que jamás pudimos regresar.