Antonio Agredano y esos pequeños placeres malévolos: "La venganza, como el salmorejo, es un plato que hay que servir muy frío"

El cronista de Herrera en COPE habla de esas situaciones que, aun sabiendo que hacemos mal, producen un bienestar.

Redacción Herrera en COPE

Publicado el

2 min lectura

Echar una botella de whisky en el carrito del súper sin que lo vea tu mujer, ver cómo alguien se cae en un semáforo o decir que tu suegra viene a comer a casa... Antonio Agredano habla de esas situaciones que, aun sabiendo que hacemos mal, producen un bienestar.

PLACERES MALÉVOLOS

ESCUCHA AQUÍ 'CRÓNICAS PERPLEJAS'

La bondad, como todas las virtudes, tiene sus grietas. Vivimos con contención. Respiramos antes de decir alguna burrada. Madrugamos, respetamos las normas, frenamos en ámbar, somos pacientes con los amigos, llamamos a nuestros padres a menudo, intentamos enseñar algunos valores a nuestros hijos. Pero, a veces, las menos veces, nuestra cotidianidad se desborda. Liberamos al kraken que todos llevamos dentro. Y nos sale esa vena macarra, justiciera y maleducada. Son puntos de fuga. Alivios un poco escandalosos.

Quiero creer que es consecuencia y no causa. Quiero creer que es una respuesta a toda esa gente que invade espacios ajenos. A ese egoísmo, a esa irresponsabilidad, que en ocasiones nos rodea. Quiero creer que es un cortocircuito, un chispazo, que enseguida se apaga. Y volvemos a nuestro equilibrio. Y las rutinas vuelven a ser rutinas. Y menos mal, porque sólo los necios querrían volver a la jungla y al caos.

Para eso están los placeres malévolos. Esas pequeñas venganzas. Comerse la última croqueta del plato. Que te sirvan más vino que a los demás. Encontrarte con el que te adelanta a toda velocidad en el siguiente semáforo. Ver desde tu casa cómo les llueve a los demás. Que pillen al mentiroso sus mentiras. Que a aquel que intentó pisarte las cosas le salgan mal. Yo quiero vivir tranquilo, con una taza de café, asomado sólo a las cosas intrascendentes.

La venganza, como el salmorejo, es un plato que hay que servir muy frío. Pero ya hace muchos años que dejó de preocuparme la miseria de los otros. No hay nada que el tiempo no juzgue. No hay nada que los días no suavicen y aguachinen. El rencor va fatal con mi cutis. Los enfados prolongados en el tiempo te dejan la frente llena de arrugas y unas ojeras que no hay corrector que las disimule.

Prefiero seguir siendo bueno. Hablo de ser ingenuamente bueno. Tontamente bueno. Sé que no son tiempos para eso. Sé que no es sexy. Pero lo hago por mí. El odio te hace vulnerable, empequeñece, cansa. Pero la bondad, en contra de lo que parece decir nuestro presente, es una coraza contra la mediocridad. La bondad es estar amarrado a puerto mientras la tormenta arrastra contra las rocas a las demás barcas.