Antonio Agredano y lo que ocurre en los viajes: "Se ha puesto de moda eso de ir marcando con una x los sitios donde hemos estado"

El cronista de Herrera en COPE habla de esas anécdotas que han vivido nuestros Fósforos durante sus viajes.

Redacción Herrera en COPE

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Haber reservado en una isla y aparecer en otra, quedarse encerrado en un ascensor en EuroDisney o quedarse en tierra por estar jugando a la ruleta... son muchas las anécdotas que han dejado los viajes de nuestros Fósforos y las que Antonio Agredano pone letra y voz.

VIAJES

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Siempre he dicho que viajar esta sobrevalorado. Que se ha puesto de moda eso de ir marcando con una x los sitios donde hemos estado, como en una quiniela social. Un puñado de fotos para Instagram. Imanes para la nevera. Y no detenerse demasiado en esa desagradable sensación de ser ganado, de aeropuerto en aeropuerto, de autocar en autocar, viendo todos las mismas cosas, comiendo en los mismos restaurantes, compartiendo los mismos monumentos desde el mismo ángulo. Idénticas experiencias. Y casi idénticas reacciones a la belleza. 

Porque belleza hay. Pero quizá ya una belleza domesticada. Hecha a la medida del turista. Hasta el amanecer se ha rentabilizado en algunas playas. Ahora hay más gente en torno a las pirámides que cuando se estaban construyendo. Y frente a la Venus de Botticelli en la Galería de los Uffizi se amontonan los japoneses con sus cámaras, influencers posando, yanquis con gorra y mejillas coloradas, adolescente arrastrando los pies sin demasiado interés en nada. Observar el trazo del pintor, su maestría, su mensaje, se ha convertido en algo imposible. Sólo veo cabezas. Y murmullos.

El turismo se ha democratizado y también el ruido. Y lo previsible. Y tengo dos opciones: o quedarme en casa viendo documentales o unirme a esa jauría de gente despistada que va de un lado para otro en catedrales, templos y museos. Y he elegido lo segundo por una razón: a veces, ocurre el milagro. A veces, uno se encuentra solo entre la multitud.

Como en Karnak, el otro día, con el sol alineado entre los capiteles de piedra que imitan la forma del papiro. Un sol rojo, madrugador, supersticioso, que iluminaba mi rostro, acercándome a algo lejano, a otro tiempo, a otros cultos, a otros miedos. O aquella Medusa de Caravaggio en el escudo, que tantas veces he visto en libros pero que de repente sentí que me miraba, que el pintor, con apenas un pincel, era capaz de convertirme en piedra, como el propio mito de aquel monstruo.

O el paisaje casi marciano de Lanzarote. La belleza de lo desértico. Las heridas de la lava en la roca. Me emocionó sentir la vulnerabilidad del hombre frente a la tierra. Y luego beber un vino extraído, casi peleado, contra ese clima. Unas uvas que sobreviven en el peor escenario posible. Y que son capaces de regalarnos un caldo suave. A lo mejor el turismo no está tan mal. Y somos capaces de encontrar en lo vulgar un destello que nos convence para seguir descubriendo, para seguir viajando.