Antonio Agredano y su mayor equivocación: "He apretado el botón incorrecto, pero aquí seguimos tras la catástrofe"

El cronista de Herrera en COPE habla de esas situaciones que nos llevaron al error sin querer ni poder evitarlo.

Redacción Herrera en COPE

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Comprar entradas confundiéndote de cantante o ciudad, enviar a unos extranjeros a una Andorra que no era o confundir el cabracho por cabrito... muchas son las equivocaciones de nuestros Fósforos y a las que Antonio Agredano pone voz y letra.

EQUIVOCACIONES

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A la mañana siguiente, le eché a la bella joven sal en lugar de azúcar en el café. Luego nos casamos y tuvimos dos hijos. Muchas veces me recordaba ella mi torpeza con ternura. La de aquel día en la que todo empezaba y yo confundía los tarros.

Podemos equivocarnos en lo pequeño y en lo grande y, como una herida, es mejor limpiar cuanto antes de bacterias y culpas. Los errores hay que llevarlos como las prendas de estampado de leopardo, con orgullo y naturalidad. Que se vean pero que no se noten.

He llegado pronto y tarde. He dicho lo que no debía y he callado lo que debería haber dicho. He confundido nombres y rostros. He apretado el botón incorrecto. Pero aquí seguimos, tras la catástrofe. Como ese pistolero que cae desde el tejado del saloon y se sacude un poco el polvo como si nada.

Somos los aciertos pero sobre todo somos los fallos. Porque ser bueno en lo bueno está al alcance de cualquiera, pero ser bueno en lo malo es algo que sólo se aprende con el tiempo.

Confundirse es abrir puertas inesperadas. Elegir los caminos más largos. Echarle a la vida unas cucharadas de desconcierto. Lo impredecible es parte del viaje. Y no somos perfectos. A veces nos frena la duda, a veces nos lanza el instinto. Pero hay que comprender al que se equivoca. Demasiado nos contenemos para el caos que todos llevamos dentro.

Quiero seguir equivocándome. Quiero confesar cada uno de mis errores. Porque estoy hecho de todo ese desastre. Porque también soy el barro. Porque no hay nada más valiente que el perdón. Porque no hay nada más cursi que el arrepentimiento.