Antonio Agredano y los malos echadores de cartas: "En la desesperación, aparece gente así"
El cronista de Herrera en COPE habla de esas predicciones que no se cumplieron.
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Le dijeron que no iba a tener hijos y tuvo once o un número de lotería que nunca ha tocado... nuestros Fósforos nos hablan de esos tarotistas que nunca acertaron con sus predicciones. Antonio Agredano les dedica hoy sus Crónicas Perplejas.
TAROT
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Tarot, por Antonio Agredano | Antonio Agredano
Después de haberlo dado todo, hasta mi hígado, en los botellones en Gran Vía Parque. Mezclando rones y wiskis marca blanca con refrescos baratos. Paquetes de gublins. Vasos de plástico y mucho hielo para los combinados. Intentando ligar, en vano, hablando ya como un asirio.
Yendo de un lado para otro para ver y ser vistos. Después de todo eso… tambaleándome, joven y estúpido, valga la redundancia… llegaba a casa y me encontraba un plato tapado con otro plato con algo de comida que me habían dejado mis padres de la cena.
Croquetas frías o tortilla de patatas. Si las náuseas y los reflujos del alcohol me lo permitían, me sentaba en la mesa camilla del salón, ponía el brasero, encendía la televisión y cenaba. En la pantalla, a esas horas, sólo había señoras y señores con túnicas plateadas, cadenas de oro, peinados sacados de la revista Más Allá, y cartas de tarot bocarriba sobre un tapete burdeos.
Era hipnótico escuchar a los que llamaban y lo que les decían. Al teléfono, reales o inventados, los problemas de nuestro día a día. El paro, el desamor, los celos, la preocupación por los hijos, familias que no se hablaban, negocios ruinosos, nostalgia de otros tiempos… y luego, los arcanos marcando un camino. Porque no era adivinación, sino acompañamiento. Un oscuro acompañamiento basado en la suerte y en la mentira. El carro, la papisa, el colgado, el mago.
En la desesperación, aparece gente así. Que se aprovechan del dolor, que se buscan la vida con la cháchara y con el miedo. No es espiritualidad, no es hondura, es un teatro hueco al que muchas personas se abrazan buscando una respuesta o, simplemente, que alguien los escuche.
Es complicado llevar cada día el peso de nuestras responsabilidades, cómo se rompen algunos afectos, el temor a lo que viene. Es difícil y, sin embargo, creo que no hay mejor compañía que uno mismo en según qué momentos. Entendernos y escucharnos, de piel para adentro. Tener piedad de nosotros mismos. Y curarnos con intimidad, como un gato que tumbado bajo el sol se lame las heridas ajeno al mundo.