Antonio Agredano y las malas experiencias en los gimnasios: "Nunca vi una licra tan exigida, nunca vi unas costuras tan valientes"
El cronista de Herrera en COPE habla de esas situaciones que nuestros Fósforos no sorportan en los gimnasios.
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La gente con mal olor corporal, las que se pasan toda la sesión hablando en alto o las que nunca llevan toalla... nuestros Fósforos hablan de sus malas experiencias en los gimnasios y Antonio Agredano le pone voz y letra.
GIMNASIOS
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Gimnasios, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Para qué queremos carnavales teniendo los gimnasios. Qué buenos disfraces se ven allí. Mis preferidos: los señores de mi edad, y de mi tipo, vestidos de ciclistas para hacer spinning. Nunca vi una licra tan exigida. Nunca vi unas costuras tan valientes.
Luego están las mallas que se transparentan y que uno no sabe dónde mirar en el bodypump. Los moños desmadejados. Los polares con el paquete de tabaco en el bolsillo. Las muñequeras. Los adolescentes con las camisetas del Manchester City y del PSG. Los fuertes. Los muy fuertes. Los motivados, los que dan grititos, los que caminan durante siglos en la cinta.
Yo querría ir como Jane Fonda a mis clases de Pilates. Yo querría ir como Mark Spitz a la piscina para hacer cuatro largos como excusa antes de meterme en los chorritos. Pero luego me miro al espejo del vestuario y soy como una capibara apoyada contra el lavabo. Cómo se estropean los cuerpos.
Me gusta de los gimnasios su brevedad. Ese entusiasmo que dura un par de días. Son sitios de paso. Para luchar contra el tiempo y la pereza. Para luchar contra lo que somos y recordar lo que un día fuimos. La carne es una cárcel. Pero aquí estamos. Pagando seis meses para ahorrarnos la matrícula. Con la toalla al cuello. Los guantes nuevos. Y dos pesas de cinco kilos para hacer bíceps porque hay que empezar poquito a poquito.
A mí me emociona ver a la gente sudar y esforzarse. Madrugar, pasar el torno, dar saltos sobre el step o ir turnándose en las máquinas. Creo que es admirable levantarse del sofá y meterse allí a enfrentarse contra tu reflejo y ver a un montón de jóvenes apretadísimas, a un montón de chavales con flequillo y abdominales, mientras se bambolea tu camiseta de algodón ancha en esos primeros días de entreno, que tantas agujetas y tristeza dejan.
Todo es empezar. Todo es creérselo. Y dar ese pequeño paso, como de astronauta pisando la Luna. Entrar al parqué. Organizar tus rutinas. Darlo todo durante una hora al día. Y dormir cansado. Qué placer es tener la sensación de haber dado la batalla a la gravedad y al abandono. Por coquetería, por salud, por lo que sea… pon unos leggins, a poder ser fluorescentes, en tu vida.