Antonio Agredano y los hoteles: "Podría vivir siempre en esas habitaciones numeradas y no muy grandes"
El cronista de Herrera en COPE habla de esas cosas 'cogidas prestadas' en los hoteles y que todavía les das uso.
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Una percha del hotel Wellington de Madrid, una televisión o dos albornoces en Roma... nuestros Fósforos desvelan que cogieron prestados de los hoteles y aún le dan uso. Antonio Agredano le pone voz y letra.
HOTELES
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Hoteles, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Siempre he fantaseado con vivir en un hotel. Beber en el piano-bar. Que me abran la cama al anochecer. Que me dejen chocolatinas en la almohada. Me gustan los lugares de paso. Improvisar una casa. Ver la ciudad desde sus ventanas extrañas. No almacenar nada. Apenas un par de trajes, alguna camisa, un ordenador donde escribir, una bolsa de aseo con perfume con base de rosa. No quiero tener apego a los lugares. Las casas en las que viví son ahora cárceles para mis recuerdos.
Me gusta la amabilidad en los hoteles. Esa cordialidad que ya casi hemos perdido. Y el suelo de moqueta. El tacto de las sábanas. El silencio en los pasillos. Y el sándwich club frente a la televisión. Los baños de espuma. La emoción de las calles nuevas. Podría vivir siempre en esas habitaciones numeradas y no muy grandes. En sus camas enormes. En su contención. En sus luces cálidas. En su precisión habitable.
Mi cigüeña se equivocó y me llevó al barrio más alejado. Me gusta el vino caro y me entusiasman los edificios con pasillos interminables. El café bebido con el meñique tieso. Las pastitas. La lejana cercanía de los buenos camareros. La sonrisa matutina. El timbre en el hall. Estoy hecho para vivir en movimiento.
En los hoteles sentimos que el tiempo nos pertenece. Que la vida nos da una tregua. En ellos se eterniza el amor. La curiosidad se dispara. Las toallas son más suaves. Los desayunos son interminables. He nacido para sus habitaciones y para sus ritmos. He nacido para los tragos breves del minibar y la RAI puesta de fondo mientras deshago mis maletas.
Todos merecemos sentirnos únicos al menos durante unas horas. Que te traten de usted. Que te hagan la cama. Ya volverán las rutinas con su mochila de piedras. Ya volverá el claxon impaciente en los semáforos. Ya volverán las plantas secas, bajar la basura y el ruido de los vecinos. Pero mientras tanto, si desaparezco algún día, buscadme en un hotel. Por allí andaré, en albornoz, saludando con coquetería a las clientas menos jóvenes, llamando a recepción para que me despierten nunca antes de las diez de la mañana.