Antonio Agredano y ese gusto que no le pega: "Cocinar escuchando el primer disco de Eros Ramazzotti"
El cronista de Herrera en COPE habla de esos gustos que parecen no corresponder a nuestra edad.
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Un niño que se sabe todas las canciones de Manolo Escobar, una nieta que identifica todas las marchas de Semana Santa o una madre que juega al Fornite con sus hijos... nuestros Fósforos nos hablan de esos gustos que no corresponden a la edad y Antonio Agredano le pone voz y letra.
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No te pega, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Esos hijos con el mismo gusto que sus padres. Dan cosita, ¿no? Al menos en una época de nuestra vida, deberíamos rebelarnos contra todo. Contra los discos que les gustan a ellos, sus películas favoritas, sus bares predilectos, lo que sea. Debemos mostrarnos incómodos, como en búsqueda de nuestros propios gustos y de nuestro propio espacio. La cara de asco de un adolescente, que monumento fugaz, cuanto interés puesto en parecer antipático. Qué maravilloso es ir a la contra.
Pero ya el tiempo va poniendo todo en su sitio. Como en una de esas coreografías espaciales, nuestra nave va acoplándose a la central familiar y, de repente, comenzamos a disfrutar de ese mundo que hemos estado años criticando. Lo pienso ahora cuando me pongo a Sade algunas tardes en casa. Y el otro día me descubrí a mí mismo, y esto es muy sorprendente para quien me conozca, escuchando a Phil Collins. Y con el vellito de punta. A Phil Collins. Yo. Que me sé todas las letras del Incesticide de Nirvana y he hecho pogos en conciertos de Bad Religion. Yo, esmorecido con el Another Day in Paradise.
¿Qué me queda, me pregunto? ¿Apuntarme a clases de salsa? ¿Comprarme un Barbour? ¿Qué me queda? ¿Irme a ver la obra de un edificio con las manos en la espalda con camisa y chándal? ¿Ir al cine a ver películas de Isabel Coixet? ¿Estar al día con la trama de La Promesa? ¿Llevar caramelos de violeta en el bolso? ¿Suspirar al sentarme en el sofá? ¿Qué me queda? Cómo pasa el tiempo. Qué cosa.
Pasada la rebeldía, sólo nos queda relajarnos. Dejar que las cosas fluyan. Cocinar escuchando el primer disco de Eros Ramazzotti. Llorar con Los Puentes de Madison. Llevar paraguas al salir de casa por si llueve. Huir de las bullas. Buscar mesa en lugar de acordarse en la barra. Y dejar que el cuerpo, como los guisos, te vaya pidiendo.
Lo mismo un día estás encabezando una conga y otro, andas dándole palique a los jóvenes en la parada del autobús. Y te termina gustando todo aquello que te molestaba y molestándote todo aquello que te gustaba. Y está bien así, porque eso significa que pasa la vida, como dice la canción. Y yo camino indiferente allí donde me quieran llevar.