Antonio Agredano y ese día que se quedó dormido: "El sueño es la medida de nuestra edad"

El cronista de Herrera en COPE habla de esas situaciones donde alguna vez nos hemos quedado dormidos.

Antonio Agredano

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Saliendo para el Rocío en un tractor, de acompañante en una moto o de costalero un paso de palio en una procesión de Granada... nuestros Fósforos nos confiesan dónde se quedanos dormidos alguna vez y Antonio Agredano le pone voz y letra.

LADILLO

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Me acuesto a las once y a las seis ya tengo los ojos abiertos como un búho. «Ya estás como los viejos», me dice mi madre, cuando le cuento que cada vez duermo menos y peor. Remoloneo en la cama, pero ya no hay nada que hacer, la placidez no vuelve, y me levanto perezoso en busca de un café que me dé la energía que me falta.

En mi memoria, no hace tanto que me levantaba casi al mediodía, que apuraba las madrugadas, que no había preocupación que me despertara en la noche. Que daba un respingo de la cama tras un puñado de horas de descanso y salía a comerme el mundo, a beberme seis cervezas y que no se me notara en la lengua, a visitar los antros y sacar conversaciones de la nada con desconocidos.

Ahora me tomo dos vinos y ya estoy piripi. Y cuando me acuesto, ahueco la almohada como una dama decimonónica, voy al baño dos veces, tengo una botellita de agua en la mesita, y me pongo la radio para coger el sueño y sacar de mi cabeza la inquietud y la agenda del día siguiente. A falta de una camiseta de tirantes blanca y calada y la escupidera debajo de la cama, me he convertido en mi abuelo.

El sueño es la medida de nuestra edad. Cuando doy un beso a mis hijos antes de acostarme, envidio su laxitud, su profundidad, su paz. Arropados y ausentes. Habitando mundos extraños en sus sueños indescifrables. Calentitos, sin preocupaciones, sin angustias, sólo dormidos tras una tarde intensa de fútbol, patinete y columpios.

Yo, que me he dormido entre dos sillas, en el asiento de copiloto muchas veces, en sacos de dormir, en camas ajenas, en el sofá de los colegas, que me quedé frito en un portal de Gran Capitán en Córdoba porque los taxis no me cogían de cómo yo iba aquella noche, yo que he dormido durante un día entero a la vuelta de algunos festivales, que me echado siestas de tres horas en playas y piscinas, en jardines y en hamacas.

Ahora abro los ojos a las seis. Y pienso que tengo que hacer la compra, y entregar no sé qué en el trabajo, y firmar una autorización de los niños en el iPasen para la granja escuela, y mirar la ITV de la moto, que creo que ya me toca, y no olvidarme de regar las plantas, que el poto está pocho. La vida es ir ganando kilos e ir perdiendo sueño.