Antonio Agredano y las actividades extraescolares que hacía: "Pasé de las sevillanas al judo"
El cronista de Herrera en COPE abre semana con esas actividades a las que apuntamos a nuestros hijos después de clase.
Publicado el
2 min lectura
Natación sincronizada a 60 kilómetros de casa, cocina o fútbol americano... nuestros Fósforo nos cuenta a qué actividades extraescolares apuntan a sus hijos y Antonio Agredano le dedica sus Crónicas Perplejas.
EXTRAESCOLARES
ESCUCHA AQUÍ 'CRÓNICAS PERPLEJAS'
Extraescolares, por Antonio Agredano | Crónicas Perplejas
Pasé de las sevillanas al judo, del judo al balonmano, del balonmano al fútbol y del fútbol al conservatorio para aprender a tocar la guitarra. También intenté el tenis, pero tras quince minutos sin poder devolver ni sola una pelota, la entrenadora me sugirió otras actividades.
Tenía un amigo en baile, que era el rey de las verbenas, y otro en natación, que estaba más fuerte que el resto. Y yo fui cambiando, porque cambiar siempre fue mi personalidad. Ir moviéndome de un lado a otro, como una abeja de flor en flor. Siempre fui un niño con más curiosidad que certezas. Y algo de ese niño sobrevive en mí y quizá morirá sólo cuando yo muera.
Me gusta el trasiego de niños con sus mochilas y sus carpetas. En las academias de inglés, en la cancha de baloncesto, y el enjambre de madres y padres esperando a que salgan, fumando en una esquina, con la coleta mal hecha y el chándal de los mandados. Con prisa a todas partes. Esos niños con kimono llegando tarde al karate. Esos abuelos poniéndole la mano en el hombro, preguntándoles cómo están, por lo que han aprendido. Dentro de algunos años, esos pequeños serán adultos y recordarán la presencia de esos abuelos y las tardes calurosas y entenderán que las ausencias son la espina más profunda de los días.
Pasa poco, pero pasa, que algunas tardes tengo todo el trabajo hecho, y los armarios ordenados, y la cena preparada, y el ejercicio terminado, y durante un par de horas, no tengo absolutamente nada que hacer. Y me siento extraño de repente, como un león enjaulado que da vueltas por llenar el tiempo.
Creo que el aburrimiento es fértil. Y que pronto llenamos la nada de nuevas ideas y de proyectos imposibles. Por eso, a veces, dejo que mis hijos no tengan nada que hacer. Pasean por la casa. Hojean sus libros y mis cómics. Se tumban en la cama, me hacen preguntas extrañas y sienten el peso de la pausa. La lentitud de los relojes. Y aprenden a convivir con ellos mismos. Porque la calma y el silencio son dos maestros de los que aprenderán toda la vida.