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El prior que demuestra desde un monasterio que se puede enseñar ciencias mirando al cielo

El padre Fernando Ruiz cuenta en Fin de Semana con Cristina cómo aplicó sus conocimientos de ciencia y fotografía a una actividad del monasterio

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Cristina López Schlichting
@crisschlichting

'Fin de Semana' COPE

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 14:50

Ahora la libertad se nos aparece como uno de los grandes placeres. Salir al campo de noche, lejos de las grandes ciudades y de los edificios, y ver el cielo lleno de miles y miles de estrellas. Pero tanto más si uno está hospedado en un monasterio y nos enseña el cielo un experto en astronomía, y además resulta ser el prior del mismo.

Esto ocurre en Santa María del Olivar, cerca de Estercuel, en Teruel. El padre es Don Fernando Ruiz, quien ha estado en los micrófonos de Fin de Semana con Cristina. Su biografía es notable: ingeniero, 56 años, catalán y previamente ha tenido una vida de lo más deportiva, aunque “de muy bajo nivel”, según dice él.

Don Fernando, como prior del monasterio, sigue haciendo y manteniendo una actividad deportiva muy constante, aunque ahora está “en horas bajas” por una lesión en la rodilla: “Tuve un incidente y tengo problemas ahí, pero en la medida de lo posible salir a dar una vuelta, caminar, correr un poco o ir en bicicleta es una maravilla, no hace falta gran esfuerzo para experimentar una gran paz en este terreno”.

Al prior le gusta especialmente el amanecer porque “son momentos especiales porque, además, en los horarios de verano, son los momentos en los que podemos escaparnos antes de la oración, antes de las actividades que hay aquí, y es un momento que puede invitar a la reflexión y a situar el día, y se nota mucho cuando en un día has aprovechado el tiempo para hacer deporte y estar en la naturaleza y estar solo. Eso ayuda mucho, y si además lo llevamos a la oración pues entonces magnífico”.

El padre es mercedario y en el monasterio hay apenas cuatro hombres, algo que él explica: “La Orden de la Merced fundó esta casa hace 760 años y, siempre que nos han dejado porque han habido muchas incidencias históricas, aquí estamos. Actualmente se le llama monasterio por lo retirado que está pero somos una comunidad de vida activa, a veces incluso demasiado. Somos mayores, tenemos nuestro ritmo de campo y de pastoral en los pueblos de alrededor pero, desde hace unos años, desde que se fue restaurando el monasterio, estamos también en la hospedería y eso nos ha llevado a muchos otros temas y abrir otros campos”.

Sus compañeros son mayores, algunos de 80 años, pero no paran: “Todos estamos en las tareas del campo o nos ocupamos de ayudar a la gente o somos párrocos… es un ambiente realmente tranquilo. Sí hemos notado en estos meses de confinamiento que no hemos tenido que cambiar mucho nuestro ritmo de vida, tiene una dinámica natural que se mantiene en los momentos de crisis y eso debe tener que ver con el hecho de que la vida consagrada se hizo para ser testigo de la verdadera paz en momentos difíciles de la humanidad”, asegura D. Fernando.

Él ha tenido una juventud normal, incluso tuvo novia con 17 años, pero al final se decantó por la vida religiosa: “Uno va abriendo horizontes y va descubriendo y explorando las zonas por las que el corazón te lleva. Eso me llevó a descubrir personas maravillosas y a empezar esos noviazgos en aquellos momentos y de aquellas dimensiones, pero sobre los 17 años descubrí a Dios y eso me llevó a descubrir una belleza y una radicalidad en el amor que yo recibía y en el amor que yo podía dar a otros y que ganó en mi corazón, y es como cuando a mí me preguntan por qué me hice fraile, pues yo puedo preguntar y por qué te casaste con esa mujer, pues fácil: porque surgió el amor, y poco a poco, con 21 años y grandes debates con la familia pero son su apoyo y cariño, ingresé en esta orden y ha sido una experiencia, hasta ahora, de enorme felicidad y de encontrarle mucho sentido a la vida y a las cosas de cada día”.

Creo que en los rincones del tiempo se van escondiendo las miradas de la eternidad, y cuando estás con alguien que amas y lo miras a los ojos o tantos momentos en los que estás cara a cara con la naturaleza, te das cuenta de la inmensidad y la pequeñez de lo que eres, lo que ansías, y es cuando tienes fuerzas para buscar de una manera nueva”, relata el prior, que continúa asegurando que “nos va pasando a todos en un momento u otro y es importante escucharlo y, cuando llegan, seguirlos, no archivarlos, no relativizarlos o comercializarlos. Uno se encuentra cara a cara consigo mismo y con el que está enfrente”.

En el monasterio aceptan visitas y la oferta es muy variada, como explica el Padre Ruiz: “Hay hospederías que son internas y solo se admiten a personas muy ligadas con la comunidad o que son solo varones u hospederías que están en un ambiente de silencio o de monjes, esas requieren un comportamiento muy cuidadoso. Nosotros, al ser pocos y de una vida activa, admitimos familias con niños que quieran integrarse en este marco histórico y este ambiente de tranquilidad. Encontramos mucha gente que, además, valora que no haya televisión en la habitación ni hilo musical por los pasillos, una vida sencilla y natural, donde la comida es la que nosotros comemos, misma verdura según lo que dé el huerto. Hemos tenido gente que ha estado un mes con nosotros o incluso una noche solo, gente que hace rutas de monasterios y nos encuentra”.

El prior también cuenta cómo se ha familiarizado con las estrellas: “Cuando era novicio y venía con mi formación de ciencias encontré aquí un pequeño librito de los años 40 que enseñaba a mirar el cielo, y yo salía por la noche solo y lo iba mirando, y a partir de ahí me quedó siempre el deseo de conocer más. Cuando volví, tras unos años en Venezuela y Guatemala, me encontré con estas noches inmensas y despejadas. Poco a poco fue viendo más, leyendo más y practicando la fotografía que tenía ya como hobby. Eso nos llevó a preparar las actividades. Cuando nos pusimos en contacto con una fundación que se dedica a la astroturismo, a defender los cielos limpios y a promover actividades de calidad, de ahí surgió un pequeño método que consiste en que, después de cenar, salimos muy bien abrigados a la plaza, ponemos sillas en grupos separados para cumplir la distancia de seguridad y el gran instrumento moderno es el puntero láser muy potente que permite ver la estrella a la que se apunta. Así situamos la Estrella Polar, Casiopea… eso hacemos. Explicamos qué es el cielo y luego buscamos el sentido, qué nos dice la ciencia. Lejos de lo que opina la gente de que la ciencia quita poesía o que sustituye a la fe, cuando empieza a escuchar hablar de distancias o del tiempo que ha tardado la luz, la fuerza de la gravedad… uno está desnudo ante el infinito, y ante ese infinito nos queda contemplar, hacer silencio y terminamos brindando con una copia de cava”.

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