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¿Tiene sentido hablar de Dios?

¿Qué nos enseñan las plagas del sida, el covid, la viruela del mono ahora y, encima, la inflación, la carestía energética, la espiral de los precios del consumo?

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Manuel Cruz

Periodista

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 08:30

Cuando empieza a hablarse de una cercana crisis alimentaria global, acentuada por la guerra en Ucrania, cabría preguntarse por el sentido que puede tener -en realidad lo tiene- la serie de calamidades que se abate sobre el mundo después de un largo período de prosperidad que parecía interminable.

¿Qué nos enseñan las plagas del sida, el covid, la viruela del mono ahora y, encima, la inflación, la carestía energética, la espiral de los precios del consumo, incluidos los artículos más elementales para la supervivencia? Para un creyente tibio, resulta difícil compaginar con esta realidad lo que San Pablo nos asegura en su Carta a los Romanos (8-28): "todas las cosas que ocurren cooperan para el bien de los que aman a Dios".

Es evidente que este mismo recordatorio ha estado presente a lo largo de los siglos, en cada guerra, hambrunas, terremotos, inundaciones, volcanes, maremotos o cualquier otro desastre que no han dejado de sucederse, incluidas las pandemias. Pero ahora, que tanto dicen que se ha avanzado en el conocimiento científico de las cosas que acompañan nuestra vida, nos encontramos con las mimas preguntas que se hacían los filósofos griegos tras el descubrimiento de la razón: qué somos y para qué vivimos si hemos de morir.

Si el pensamiento antiguo nos condujo a los dioses del Olimpo para explicar lo irracional, con la Revelación bíblica y, más aún, con la llegada de Jesucristo lo que encontró la Humanidad fue al Dios creador y Padre de todas las criaturas y en el que todo tenía su sentido, especialmente la muerte y el sufrimiento. Lo que ha ocurrido, con la evolución de los tiempos y los avances del bienestar, es, sencillamente, que el hombre se ha ido olvidando progresivamente de Dios, porque siente -pensar es demasiado arriesgado y no está de moda...- que no tiene necesidad de Él. Ya lo sabemos: hoy apenas se habla de Dios y, cuando se habla de Él, hay que ponerse en guardia en la medida que la fe, como don divino, resulta ofensiva para una buena parte de las sociedades más avanzadas y consideradas "progresistas".

Hoy apenas nos preguntamos por la muerte, aunque huimos de la la vejez que nos abruma cada vez más a medida que la familia se disipa.. Y, peor aún: buscamos la muerte como una cultura de progreso material, de bienestar social. ¿Recuerdan aquella popular canción de Boby Darin, que decía lo de "multiplication is the name of the game, and each generation play de same"? No estoy muy seguro de que las nuevas generaciones piensen en multiplicarse porque así lo dicten las leyes de la humanidad. Hoy se huye de los embarazos no deseados por razones de bienestar: una buena cena en compañía no la va a agriar la eventualidad de una maldita vida por llegar. Por el placer, todo está permitido y si alguien nos estorba, se le suprime, ya sea por embarazo, vejez o enfermedad.

En fin, todo eso parece que la sociedad occidental lo tiene muy asumido, en aras de una libertad desprovista de responsabilidades. Y como ya se ha expulsado a Dios del pensamiento, miel sobre hojuelas. Y, sin embargo, ahí están las pandemias, las guerras... y la amenaza de hambre. ¿Qué sentido tienen? En nuestro país empiza a hablarse mucho de la desertización de las iglesias, del despego hacia la Eucaristía y demás sacramentos, es decir, de la savia de la Iglesia, como consecuencia de la apostasía galopante que nos llega de Europa y de las nuevas ideologías del populismo, favorecido por una socialdemocracia que se ha quedado sin discurso y que recurre al feminismo radical, al aborto, la eutanasia y la busca obsesiva del placer individual como antídotos de Dios.

Puede que el caso de España se haya visto acentuado por la época de un nacional-catolicismo que saturó de falsa fe a la sociedad de la posguerra, porque todo lo que se impone desvirtúa la realidad. Ahora, la Iglesia paga sus pecados de entonces -y de hoy- con el creciente desafecto de creyentes que nunca lo han sido en el fondo de sus corazones. Y más que planes pastorales, la Iglesia está necesitada de santos, de santos de calle, que amen a Dios y se amen a sí mismos para prodigar la atención a los demás.

Como simple feligrés, pediría a los curas y a los monjes que vuelvan a sus trajes tales y hábitos, que muestren su identidad sin complejos y que sean consecuentes con su ministerio. La ola de la pederastia y abusos sexuales no es más que una manifiestación externa de traición al sacramento del orden... y de falta de santidad. Hoy, los que creemos en Dios, necesitamos más testimonios de entrega al Creador, empezando por los consagrados y que sean capaces de encontrar sentido a cuanto nos ocurre. Hay que hablar más de los Novísimos, del pecado, del infierno, de la gloria, del significado de la Pascua, de la venida futura de Jesucristo, de la vida eterna, del castigo a los traidores y del premio a los perseverantes. Hablar de Dios no puede ni debe ser peligroso sino toda una bendición de paz. Así acabarían las guerras, las hambrunas y, acaso, las pandemias que se extienden por falta de responsabilidad social. Y así, disfrutar de la vida...


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