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La COP 25 y la Pachamama

“Los antiguos germanos consideraban indigno de la majestad de los dioses construirles templos, por eso les consagraban bosques"

La COP 25 y la Pachamama

 

Pablo Martínez de Anguita

Director de la revista Lands Care.

Tiempo de lectura: 8'Actualizado 09:57

Empieza hoy lunes 2 de diciembre la vigesimoquinta Conference of Parties (COP) de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Y empieza en Madrid por que no ha podido celebrarse en Santiago de Chile. Y no ha podido celebrarse en el país austral por las revueltas sociales que estallaron ante la subida del precio del metro y que ha resultado en un decreto de estado de emergencia que el país no vivía desde 30 años atrás. Es verdad que la subida del billete de metro tan solo fue la gota que colmó un vaso de descontento entre los jóvenes en un país marcado por la desigualdad. Pero también es verdad que la subida del precio de metro ha coincidido con la construcción de un parque fotovoltaico (El Pelícano), destinado a alimentar en exclusiva el 100% de la red energética del metro de Santiago de Chile los próximos 15 años. Es decir podríamos estar ante la paradoja de que el factor desencadenante que ha traído la cumbre del clima a Madrid ha sido la contestación social al coste de las medidas de lucha contra el cambio climático. Los chalecos amarillos en Francia hace unos meses o las manifestaciones indígenas de Ecuador ante la retirada de los subsidios a los carburantes, ponen de manifiesto lo que quizá se esté tapando en Chile: La lucha contra el cambio climático va a tener una contestación social porque nuestra civilización sobrevive gracias a la energía barata, y esa hoy por hoy sigue siendo mayoritariamente la que causa el aumento de CO2 atmosférico. (Por si alguien duda de esta relación, conviene recordar que fue establecida por primera vez ya en 1896 en un artículo científico publicado en la revista Philosophical magazine por el químico sueco y premio Nobel, Svante Arrhenius, donde establecía las ecuaciones que describen la relación cuantitativa entre los cambios de concentración del CO2 y la radiación que vuelve a la tierra tras chocar con dichas moléculas incrementando la temperatura terrestre. Desde entonces la ciencia no ha hecho más que verificar la hipótesis de Arrhenius, corregida a la baja por los múltiples factores que afectan a una realidad tan compleja como la planetaria -de hecho Arrhenius predijo unas subidas mayores de las que hoy acepta la comunidad científica agrupada en torno al IPCC).

Así pues acogemos una cumbre que parte a su vez de la Cumbre de Desarrollo Sostenible de Río de Janeiro de 1992, que a su vez partía del deseo de aplicar el concepto de sostenibilidad a nuestras relaciones con la naturaleza. Y esta cumbre partía su vez del informe Nuestro Futuro Común de la Comisión Brundtland que definía en 1987 la sostenibilidad como la capacidad de “Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender sus propias necesidades”.

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En 1949, el ecólogo Aldo Leopold publicó su obra de referencia para el mundo de la conservación titulada “La ética de la tierra” en la que ponía de manifiesto la necesidad de ensanchar nuestra comunidad ética de los seres humanos a la tierra, es decir incluyendo suelos, agua, plantas y animales. Esta consideración nueva en el terreno social como afirma el propio Leopold “cambia

el papel del Homo sapiens de conquistador de la comunidad de la tierra al de simple miembro y ciudadano de ella. Esto implica el respecto por sus compañeros miembros y también el respeto por la comunidad como tal”. Y la base de esta nueva ética se basaba en tres conceptos: Integridad, estabilidad y belleza: “Una cosa es correcta cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es incorrecto cuando tiende a lo contrario”

Este pensamiento, que tanto me chocó en mi juventud y que posteriormente me ha acompañado durante años se ha convertido en un principio no solo para la ecología planetaria sino para la familiar. En el terreno de los espacios naturales es paradigmático como la reintroducción del lobo en Yellowstone hizo renacer el ecosistema. Hasta que no regresó el lobo, vértice de la pirámide trófica (integridad), no llego la estabilidad (aumentaron y se estabilizaron poblaciones de otras especies casi desaparecidas), y de un modo que aún me parece milagroso, floreció una belleza aún mayor en el parque con más pájaros cantando, y renovándose la vida de los ríos. Integridad, estabilidad y belleza. (ver VIDEO)

Para mí, el gran descubrimiento fue ver que estas tres propuestas servían también para mi vida. En el terreno de la ecología humana, ¿Quién no desea en su familia la belleza que trae consigo la integridad y la estabilidad? Y aun me sigo preguntando, ¿cómo dos valores ecológicos en un caso o humanos en otros generan algo tan aparentemente desconectado de ellos como la belleza? ¿Será que la ecología humana y la de los ecosistemas no son tan diferentes?

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“¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones? - se preguntaba el Papa Benedicto XVI en 2011 en su discurso al Bundestag alemán. - “Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones”.

Hoy nuestros esfuerzos por sostener la vida en el planeta, incluida la lucha contra el cambio climático que amenaza por su velocidad a ecosistemas que tardan siglos (pero no años) en adaptarse a las fluctuaciones naturales del clima se debate entre el utilitarismo pragmático que procede de una visión economicista y productiva de la vida y una visión más ética que pugna por reconocer el significado y la dignidad de la naturaleza y el planeta. Nuestra percepción de sostenibilidad aún está amarrada a la identificación del concepto naturaleza con el de recurso (y por lo tanto a la generación de residuos, pues es en lo que se convierte un recurso cuando ya no es útil). Aún partimos de la idea de usar sosteniblemente los recursos para que los podamos seguir aprovechando en el futuro, pero ¿nos atreveríamos a decir que un hijo mayor debe usar sosteniblemente a su madre para que así siga satisfaciendo en el futuro las necesidades de los hermanos más pequeños o que han de venir? ¿O más bien deberíamos reconocer en la madre un significado, una belleza que nos sostiene más allá de lo material y de la que procedemos? Del recurso al respeto aún queda un tramo por recorrer.

Y es aquí donde las concepciones indígenas nos ayudan a ver con más claridad nuestra humanidad como parte de una comunidad más grande, como ha puesto de manifiesto el Sínodo del Amazonas recientemente celebrado en Roma (9): La búsqueda de los pueblos indígenas amazónicos de la vida en abundancia, se concreta en lo que ellos llaman el ‘buen vivir’, que se realiza plenamente en las Bienaventurazas. Se trata de vivir en armonía consigo mismo, con la naturaleza, con los seres humanos y con el ser supremo, ya que hay una intercomunicación entre todo el cosmos, donde no hay excluyentes ni excluidos, y donde podamos forjar un proyecto de vida plena para todos. Tal comprensión de la vida se caracteriza por la conectividad y armonía de relaciones entre el agua, el territorio y la naturaleza, la vida comunitaria y la cultura, Dios y las diversas fuerzas espirituales. Para ellos, ‘buen vivir’ es comprender la centralidad del carácter relacional trascendente de los seres humanos y de la creación, y supone un ‘buen hacer’.

Los pueblos originarios han vivido el reverso de nuestro modelo de desarrollo. Sufrieron el látigo primero en las encomiendas, la pérdida de sus tierras a manos de terratenientes extranjeros o miembros de la élite local como he sido testigo en Nicaragua, luego la esclavitud de la industria del caucho. Son ellos los que sufren desde hace un siglo las consecuencias de los derrames de petróleo que matan el suelo y la vida de sus tierras, y los que sufren la miseria y la enfermedad en la trágica minería, especialmente en la ilegal de cuya dureza he sido testigo en Perú así como de sus consecuencias: la prostitución a la que lleva a sus mujeres y el veneno formado de metales pesados que contamina sus ríos. Y hoy siguen perdiendo sus territorios ancestrales por la deforestación para la soja de nuestras vacas europeas como también he visto en Brasil y Paraguay, o por causa de los grandes proyectos hidroeléctricas que anegan sus valles sin que nadie les pida permiso. Ellos han sido las victimas que apenas nada han ganado en ello, los que han conocido la injusticia, la expropiación, la muerte, la enfermedad, la codicia y la degradación humana y natural que nuestro modelo productivo aplicado sin exquisito cuidado ha provocado en quienes viven de, o incluso son los recursos que necesitamos para mantener nuestra maquinaria del bienestar.

Y ellos, los pueblos indígenas, pueden ayudarnos con la claridad de quien en muchos casos todavía no ha perdido la nostalgia original del “buen vivir” a entender el camino de salida a este laberinto social y ambiental en el que nos hemos metido y cuya consecuencia entre otras es el aumento de las temperaturas que ahora nos pone en jaque. En este sentido afirma el Papa Francisco que “un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS49)

Pero este “clamor” no es sólo un grito común de dolor ante el daño sufrido, también es un reclamo en el que encontrar de nuevo un camino para la humanidad. El sufrimiento en unos casos, o el aislamiento en otros, de los pueblos indígenas les ha preservado a muchos de ellos (allí donde las comunidades aún no se han desintegrado), de venderse al dios dinero, que sacrifica a la Madre Tierra por su productividad. Por ello siguen manteniendo una cosmología donde la “Naturaleza” con mayúsculas es sinónimo de “Madre”, “Madre Tierra”, “Madre que todo lo hace posible”, “Abuela venerable”, “Seno de todo”… de la cual proceden valores y significados intrínsecos, esenciales, sagrados. Una concepción de la Tierra en absoluto lejana la “Hermana Madre Tierra” de San Francisco, que como para el Santo de Asís reclama en su belleza escuchar la voz del Misterio que resuena a través de una diversidad de vínculos basados en la maravilla, la contemplación, la meditación, la veneración, la oración o la visión más allá de su valor utilitario. Todas ellas actitudes que nuestra sociedad postmoderna ha abandonado frente al mito del bienestar material como realidad definidora en última instancia de nuestra buena vida.

A pesar de que esta concepción de Madre Tierra, de Pachamama indígena, pueda llegar a identificar en algún momento Creador con Creación, no le quita valor a la experiencia humana de quienes durante siglos ha vivido en ella mirándolos con la dignidad que reclamó el Papa Benedicto XVI en su discurso al parlamento alemán. En su apología, el recién canonizado Cardenal John Henry Newman, explica como "la naturaleza era una parábola, la Escritura era una alegoría; la literatura pagana, la filosofía, y mitología, adecuadamente entendidas, eran una preparación para el Evangelio. Los poetas griegos y sabios eran en un sentido profetas”.

De algún modo, las culturas indígenas son esos nuevos poetas y sabios que ahora la Iglesia reconoce como profetas de nuestro tiempo. En su mirada frente al mundo sigue prevaleciendo como criterio la integridad, estabilidad y belleza que descubrió para occidente Leopold en 1949, y su moral en relación a la Tierra como Misterio coincide con la tesis de Dostoyevski en “Los hermanos Karamazov”: Si Dios no existe, entonces todo está permitido”. La diferencia es que ellos no han abandonado la práctica de este “buen vivir” que ahora peligra ante el avance de nuestra “buena vida” propia de la modernidad soberbia e incapaz de ser consciente de la gravedad de los límites que trasgrede.

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Hace diecisiete siglos los efesios tuvieron que abandonar su ciudad portuaria en lo que hoy es Turquía ante el colapso de su bahía por la deforestación de su cuenca hidrográfica. Hoy lunes, a otra escala mucho mayor, Madrid después del “Black Friday” de la semana pasada en el que se encendieron más de siete millones de luces de Navidad, acoge esperanzado una nueva COP donde si todo va bien alcanzaremos deseablemente nuevos compromisos de reducción de gases de efecto invernadero. Más allá de los necesarios acuerdos, lo que a mi juicio está en juego es nuestra concepción de nosotros mismos. Para unos el acuerdo será posible en términos exclusivamente económicos, de restricciones de producción que a su vez abrirán nuevas oportunidades de negocios sostenibles. Para otros lo que subyace, y que poco a poco parece ir aflorando en esta lenta evolución de la conciencia frente al cambio planetario es la necesidad de ampliar nuestra concepción de la naturaleza y las personas como recurso (recurso humano, recurso natural) por la de significado (tú que me completas, tú que me das la vida…). Mucho me temo que si de verdad queremos salvar al mundo de un colapso, la sostenibilidad tendrá que venir sostenida por una nueva solidaridad entre las personas y con el resto de criaturas, en la que como afirma el Papa Francisco: “La escucha del clamor de la tierra y del grito de los pobres y de los pueblos de la Amazonía con los que caminamos nos llama a una verdadera conversión

integral, con una vida simple y sobria, todo ello alimentado por una espiritualidad mística al estilo de San Francisco de Asís, ejemplo de conversión integral vivida con alegría y gozo cristiano (cf. LS 20-12). Al fin y al cabo, solidaridad es lo que reclaman en el fondo los huelguistas chilenos, ecuatorianos y franceses.

(Postdata: No puedo evitar recomendar mi libro “Environmental solidarity: How religions can sustain sustainability” para quien quiera profundizar en el tema.)

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