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FIESTAS DE LA ENCINA

Francisco Vega da el pistoletazo de inicio a las fiestas de La Encina 2018

Escucha aquí el pregón de Francisco Vega

COPE BIERZO

Tiempo de lectura: 5' Actualizado 09:01

Las fiestas de La Encina 2018 ya han arrancan oficialmente con el pregón a cargo de Francisco Vega, director de la factoría LM en Ponferrada. Vega ha pedido los bercianos y ponferradinos que disfruten de estas fiestas pero que no se olviden de trabajar duro y de poner mucha pasión para que esta comarca pueda salir adelante.

Aquí pregón integro 

Buenas noches, amigos ponferradinos:

Como dice el refrán: lo bueno, si breve… es que no es un pregón de la encina. Pero intentaré serlo, porque entiendo que lo que queréis es que comience la música y la fiesta cuanto antes. Así que os prometo que no va a tomar más de cinco o seis minutines.

Y ya que aquí me hallo, pues voy dar el pregón que al fin y al cabo es para lo que he venido; que aunque suene como dar la nota o dar el campanazo, espero que no sea ni lo uno ni lo otro. Sin embargo, antes de pregonar es de recibo ser agradecido; venga ahora ese capítulo: las gracias. Gracias, corporación municipal y patronato, que habéis decidido honrarme con esta tarea; gracias, autoridades y agentes sociales del Bierzo, por vuestro apoyo durante todos estos años; y, sobre todo, gracias a todos los trabajadores de la planta que por suerte dirijo, porque sin ellos no estaríamos aquí.

Por cierto, hablando de estar aquí, os confieso que ahora mismo me gustaría más estar ahí abajo con vosotros que en este balcón. ¿Y sabéis por qué?

Principalmente por dos motivos: primero, porque la visión desde aquí arriba impresiona sobremanera, la verdad, pero, además de impresionar, sobre todo asusta. Y si llego a saberlo antes, lo mismo no lo hago. Así que si me veis nervioso espero que me perdonéis.

El segundo motivo, y más importante, es porque no creo que yo lo merezca. En realidad estoy seguro de que muchos de vosotros lo merecéis más que yo; pero lo siento, me ha tocado a mí y aquí no cabemos todos por mucho que nos estrechemos.

Por esta razón, de alguna manera esta noche vengo a hablar en vuestro nombre, os lo debo. Hablar en nombre de todas las personas que compartimos creencias, que ya somos muchos, pero deberíamos ser muchos más.

Hoy hablo en nombre de los que creen en el trabajo bien hecho. De los que no se conforman con algo cuando está sin terminar, desde lo más simple a la obra más compleja. De los que odian los parches, los malos remiendos y están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de que abandonemos ese complejo, esa falacia de que somos una sociedad que no sólo los tolera, sino que los fomenta. Sólo hay dos estados: las cosas que están bien, y las que están mal. No “suficientemente bien”, o “casi bien”. Tampoco “bueno, para lo que va a durar”. No. Aunque no sea políticamente correcto decirlo, en esto no hay medias tintas. Acabemos con esa losa, ensalcemos el valor de lo bueno. Puestos a tener conflicto, tan de moda hoy, si hay que independizarse de algo, hagámoslo de las chapuzas.

Hoy hablo, también, en nombre de los que creen en el poder de la constancia y la pasión. De todos aquéllos que, aunque esté mal visto, saben que lo que se empieza se debe terminar. Y que para terminar algo normalmente hace falta tiempo, mucho tiempo, y perseverancia; más de lo que pensamos. Las cosas que merecen la pena nunca son recompensas inmediatas, y la mayoría de ellas se obtienen cuando ya casi las dábamos por perdidas. Y sobre todo ponerle pasión, porque las cosas hechas con pasión se notan a la larga. Normalmente, el valor de lo que se consigue es proporcional al tiempo que hemos invertido en conseguirlo y al empeño que se ha puesto en ello. Por ello es fundamental no desfallecer, no ceder cuando los reveses nos golpean, porque lo van a hacer, seguro. Y mantener la cabeza baja y la atención centrada. Día a día, paso a paso. En otras palabras, ser tenaz y apasionado. O, como dirían en mi pueblo, cabezón como buen mañico. Creedme que la recompensa de un trabajo bien hecho es algo parecido al éxtasis. O como diría algún paradigmático berciano “¡Es un auténtico orgasmo!”.

También hablo hoy en nombre de los que creen en el esfuerzo, tanto el individual como el que surge del trabajo en equipo. De los que creen que algo es valioso porque nos ha costado mucho conseguirlo; de los que no valoran los pelotazos, las victorias fáciles. Somos muchos los que no admitimos el éxito instantáneo y superlativo que muchas veces es el resultado de aprovecharse del esfuerzo de otros; y admiramos y aplaudimos el que viene precedido de trabajo arduo y duro. A veces nos sentimos solos, porque vemos como buena parte de la sociedad celebra estos comportamientos e incluso los fija como modelos. Pero, en realidad, ¿quién merece más reconocimiento? ¿El conocido al que la fama le ha caído del cielo, estrella fulgurante, o la persona que cada día se esfuerza para cumplir lo que se le pide, desde la tarea más simple a la obra más faraónica? Sin ninguna duda, el mundo está hecho por los segundos, pero es a los primeros a los que se admira. Os dedico este pregón a todos vosotros, a todos los que trabajáis duro, con sueldo o sin él, todos los días.

Por último, y ya vamos terminando —que prometí ser breve y me temo que no lo estoy cumpliendo del todo—, quiero hablar en nombre de aquéllos que creen que es necesario desafiarnos a nosotros mismos constantemente. Porque darse cuenta de que uno no tiene la razón y de lo sano que es dudar permanentemente de lo que damos por hecho es uno de los mejores consejos que me han dado nunca y, sin duda, uno de los más sabios: en términos de salud es higiénico y es una vacuna contra la idiotez sobrevenida, la adulación desmedida y el endiosamiento, que suelen venir acompañando a cualquier tipo de poder, por pequeño que este sea. Recuerdo perfectamente un consejo que me daban en mi niñez: “si dos te dicen burro, mírate al espejo”. Bueno, no es momento de hacer confesiones, pero os diré que muchas veces en mi vida, muchas, me contemplé en el espejo y descubrí un maravilloso pollino que me devolvía la mirada.

Bien, pues en nombre de todas estas personas, que como dije al principio deberían estar en este balcón recibiendo nuestro reconocimiento, quiero mandaros un mensaje, a la vez orden y petición aunque esto parezca incongruente; la primera parte la cumpliréis fácilmente y con gusto, estoy seguro: disfrutad de estas fiestas, de la compañía de los que amáis, saboread cada momento en los próximos días. Pero cuando la Encina termine, cuando volváis a vuestros quehaceres, no os olvidéis por favor de este pregón: del trabajo bien hecho, de la constancia, del esfuerzo, del trabajo en equipo, del desafío, de la pasión. Es más, animad a los demás a que se unan a los que ya lo hacemos y a que las utilicemos como las mejores armas, las únicas que de verdad funcionan, para hacer un mundo cada día mejor, y para hacer crecer al Bierzo. Poco a poco, y con mucho corazón.

Porque, bercianos, podéis estar orgullosos de muchas cosas, de vuestros paisajes, de los valles y de las montañas, de las huertas y castaños, de las minas, del oro y del hierro, del vino, de tantas y tantas cosas maravillosas de las que no voy a hablar esta noche…

Pero sobre todo, podéis estar orgullosos de cuán entrañables sois y del gran corazón que tenéis.

Así que, para que de forma solemne puedan comenzar los festejos, poned todo vuestro corazón y gritad conmigo, ponferradinos:

¡VIVA LA VIRGEN DE LA ENCINA!

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¡VIVA PONFERRADA!

¡VIVA EL BIERZO!

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