Opinión

Divinas Palabras: Francisco, el emigrante colombiano

Al despedirnos en la estación de autobuses, le deseé suerte. Yo eché a andar camino de mi casa con el firme propósito de no quejarme de nada ni por nada 

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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Esta historia, igual que algunas películas proclaman en los títulos de crédito, está basada en hechos reales. Preciso. Excepción hecha de los nombres propios y algún detalle menor, es pura realidad. Se la contaré, dilectos oyentes, tal cual. Prescindiré de cargar las tintas melodramáticamente y no emitiré juicio. Yo expongo los hechos y ustedes deciden.

Francisco llegó de Colombia hace un año. Entró legalmente en España tras pasar con su pasaporte el control de aduanas del aeropuerto de Barajas. El funcionario le advirtió de que tenía un permiso de tres meses en calidad de turista. Lo esperaban unos familiares en Jaén que le dieron, le siguen dando alojamiento. Se considera dichoso porque ha encontrado un trabajo: mozo de carga en una nave industrial. De lunes a viernes de nueve a dos y de cuatro a ocho. Nueve horas diarias por las que cobra 25 euros. Yo les hago la cuenta. A menos de tres euros la hora. A la semana 125 euros. Al mes 500. Supongo que es la mitad de un mileurista.

Sale poco a la calle. No le queda mucho dinero, pero además teme que cualquier día por una tontería la policía le pida la identificación, lo detengan y lo devuelvan a Colombia. Cuando lo estaba escuchando, pensaba que era una condena. Tienen que pasar tres años para que pueda regular su situación, lo cual le permitirá acceder a un salario digno. Me escandalicé con lo que ganaba, pero me produjo una profunda desazón pensar que va tachando días como un recluso que además vive acojonado porque su cuenta atrás de semanas y meses puede interrumpirse cualquier aciaga mañana. Sísifo fue condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima de una montaña. A punto de alcanzar la cumbre, la piedra rodaba ladera abajo. Vuelta a empezar una y otra vez, una y otra vez. ¿Puede soportar un hombre esta presión durante tres años sin que le dé una depresión? Francisco sí, porque parecía feliz. En la hora y pico que compartimos viaje dijo “chévere”, que viene a significar “guay” o “cojonudo”, cuatro o cinco veces. Deduje que estaba contento con su fortuna. Me abstuve de preguntarle, por respeto, cómo era la vida que había dejado atrás para que su situación actual no se le atragantara.

Al despedirnos en la estación de autobuses, le deseé suerte. Yo eché a andar camino de mi casa con el firme propósito de no quejarme de nada ni por nada una larga temporada.

Palabras, divinas palabras