1ª copa chenel

El sello de Mario Navas se abre paso entre el vendaval en San Agustín del Guadalix

El vallisoletano corta una oreja de peso mientras Héctor Gutiérrez deja una grata impresión y dio una vuelta al ruedo.

Copa Chenel

Natural de Mario Navas al toro de Partido de Resina

Sixto Naranjo Sanchidrian

Publicado el - Actualizado

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El viento no fue un invitado incómodo: fue protagonista. Un vendaval que fue creciendo con la tarde y que condicionó cada muletazo en una corrida dura y siempre exigente para los toreros.

En ese contexto emergió con mayor claridad el nombre de Mario Navas. El vallisoletano firmó lo más rotundo del festejo al tercero, un toro de Partido de Resina que, sin ser completo, tuvo cierta nobleza y al menos permitió cierta continuidad. Navas lo entendió pronto y construyó una faena que fue creciendo en pulso y en poso, con un tramo final de especial profundidad, abrochado con dos naturales de mucho sabor y una estocada que le abrió la puerta de la única oreja de la tarde.

Con el sexto, de Moreno Pérez Tabernero, volvió a dejar patente su disposición. El viento ya era un enemigo desatado y la embestida, nada sencilla, pero Navas tiró de firmeza para robar muletazos de mérito. Hubo petición y terminó dando una vuelta al ruedo que supo a reconocimiento a su esfuerzo.

Muy de verdad fue también la tarde de Héctor Gutiérrez. El mexicano dejó una impresión de torero hecho, asentado y con las ideas claras. Al segundo, también de Partido de Resina, le planteó una lidia inteligente, exprimiendo cada viaje con temple y mando. Todo parecía encaminado al premio, pero la espada lo dejó en una ovación tras dos avisos.

No se vino abajo y volvió a demostrar su entereza frente al sobrero de Manuel Sanz, un animal complicado, con peligro sordo y tendencia a buscar al torero. Gutiérrez aguantó miradas, se mantuvo firme y volvió a dejar patente su capacidad para imponerse a contextos adversos.

Antes, ya había dejado detalles de gran torería con el capote, especialmente en un quite al toro que acabó inutilizado tras partirse un pitón en el caballo, donde dibujó verónicas de mano baja y una larga de cartel.

Menos fortuna tuvo Tomás Campos. El extremeño, pese a sus buenas maneras, no terminó de encontrar nunca el sitio ante un lote sin clase ni entrega. Ni con el primero, deslucido, ni con el cuarto, más incómodo y descoordinado, logró acoplarse, quedando silenciado en ambos turnos.