El nuevo orden en Oriente Próximo es un polvorín
La República Islámica mantiene cierta capacidad para golpear a sus vecinos, pero está sumida en una profunda crisis
Madrid - Publicado el - Actualizado
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Cuando EE. UU. invadió en 2003 Irak, la motivación no fue que Sadam Hussein supusiera una amenaza. Más bien su debilidad ofrecía una oportunidad para el cambio de régimen. Lo mismo puede decirse del ataque contra Irán de EE.UU. e Israel.
La República Islámica mantiene cierta capacidad para golpear a sus vecinos, pero está sumida en una profunda crisis, entre la contestación interna y el aislamiento exterior. Desde marzo de 2023, cuando Arabia Saudí e Irán acordaron reestablecer relaciones diplomáticas con la mediación china, la región ha experimentado un vuelco.
Al Assad ya no gobierna en Damasco, sino que vive exiliado en Moscú. En el Líbano, Hezbolá ha sido descabezada. Y de la amenaza de Beijing a la hegemonía americana ya nadie habla, mientras que, a pesar de lo ocurrido en Gaza, resucitan los Acuerdos de Abraham y la normalización de relaciones entre los países árabes e Israel al margen de la cuestión palestina.
Es pronto sin embargo para que Trump y Netanyahu canten victoria. Sería iluso pensar que el odio sembrado en Palestina no tendrá consecuencias.
Entre Emiratos y Arabia Saudí, aliados de Washington que luchaban juntos en Yemen, se ha abierto más que una brecha. La cuestión kurda sigue sin resolverse, como tampoco el descontento juvenil en el Golfo que emergió con la Primavera Árabe, mientras asoma una nueva rivalidad entre Siria e Irak, con sus milicias interpuestas. Lo último que necesita la región es una crisis humanitaria en Irán, con más de 90 millones de habitantes. Más que de un nuevo orden en Oriente Próximo, parece apropiado hablar de un polvorín.