Hay que tomarse en serio los ataques a símbolos religiosos
En muchos casos no directamente por su fe, sino por asociación a la población árabe, forma de discriminación no menos grave
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Ha sido condenado a un mes el soldado israelí que destrozó a martillazos la figura de un Cristo crucificado en el Líbano. La imagen de la agresión vandálica generó una ola mundial de indignación, también en EE. UU. Esta es la razón que explica la enérgica reacción del primer ministro, Benjamín Netanyahu, en contraste con la pasividad ante incontables violaciones de derechos humanos en Palestina o en el propio Líbano. A partir de este argumento no han faltado quienes han frivolizado en relación con este acto vandálico como un asunto relativamente menor.
La violencia contra los símbolos, incluido actos de sacrilegio como el de este soldado, son fenómenos que legitiman y normalizan la violencia y la discriminación contra grupos sociales enteros. Una y otra forma de violencia son, por tanto, indisociables.
En el caso de Israel, el episodio lleva además a cuestionar el discurso oficial de una democracia respetuosa con la libertad religiosa. Porque, aunque sí exista libertad de culto, hay discriminación contras personas cristianas o musulmanas. En muchos casos no directamente por su fe, sino por asociación a la población árabe, forma de discriminación no menos grave que, en España y en muchas otras democracias, está legalmente caracterizada. De ahí que resulte tan llamativa la falta de sensibilidad en Occidente hacia los ataques a símbolos religiosos, lo que no deja de ser otra forma de confesionalismo según la cual las personas y comunidades creyentes no merecen ser tratadas como ciudadanos de pleno derecho.