Madrid - Publicado el - Actualizado
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Los pronósticos de una rápida recuperación despúes de la pandemia se topan con una realidad económica que comienza a emitir señales de alarma. El aumento del precio de los alimentos y de la energía se ha disparado hasta colocarnos en una situación similiar a la de los peores años ochenta. Aunque los analistas atribuyen este proceso a la subida del precio de la electricidad, el gas y la gasolina, los efectos que puede desencadenar una inflación disparada a en la factura de las pensiones, en la negociación de los salarios, y en la capacidad adquisitiva de las familias, son preocupantes. El Banco Central Europeo mantiene que el repunte de precios es coyuntural, pero el elevado Índice de Precios al Consumo es ya una amenaza para la recuperación.
La incertidumbre se agrava si el Gobierno sigue queriendo vendernos un milagro económico que no existe. Al desconcierto sobre el futuro de la reforma laboral y de las pensiones, que puede estar generando desconfianza y retrasando las inversiones, se suma la indefinición de unos Presupuestos Generales del Estado que se están convirtiendo en el menú a la carta de los socios independentistas y radicales del Gobierno. Pedro Sánchez fía la buena marcha de la economía a la recaudación de impuestos y al dinero que va a llegar de Bruselas, pero nadie avala sus previsiones fantasiosas. Sin control en el gasto público no habrá recuperación consistente. Y el llamado “gobierno social” debería darse cuenta de que el frenazo a la recuperación recaerá sobre las personas de rentas medias y bajas.