Los cimientos indestructibles de la esperanza cristiana

Con el cambio de milenio Juan Pablo II instituyó el Domingo de la Divina Misericordia a los 7 días de la Pascua

Redacción digital

Madrid - Publicado el

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Con el cambio de milenio Juan Pablo II instituyó el Domingo de la Divina Misericordia a los 7 días de la Pascua. Esta fiesta quería lanzar un mensaje muy claro: que «el mal no tiene la última palabra» aun cuando a veces parezca invencible. De la persecución de los totalitarismos del siglo XX, que tanto marcó al Papa polaco, hasta las modernas formas de terrorismo islamista o nacionalista, el cristianismo contemporáneo está marcado por una intensa experiencia del martirio como no se conocía desde tiempos de los primeros cristianos. La trágica Pascua de los cristianos de Sri Lanka sigue a otras similares en los últimos años en Pakistán, Nigeria o Egipto. Los días de Semana Santa, en los que se condensa el núcleo principal del mensaje evangélico, suponen para los cristianos de algunos países un tiempo de especial peligrosidad. Lo cual remite al gravísimo problema de grupos empeñados en imponer al resto sus proyectos totalitarios a sangre y fuego. Pero desde una perspectiva creyente queda también el mensaje de una esperanza inquebrantable en la resurrección de Jesús como la fuerza que sostiene a estas comunidades, demostrando una vez más, por la vía de los hechos, que el mal no tiene la última palabra.

En un domingo en el que España se juega su futuro de los próximos años en las urnas, celebrar el Domingo de la Divina Misericordia ayuda a los católicos a recordar que, por importante que sea la política, que lo es, su esperanza se sostiene sobre cimientos muchos más sólidos.