Línea editorial: "La visita de Yolanda Díaz al Papa Francisco"

Desentona el hacerse notar de la propia Díaz, incluso saltándose el protocolo vaticano

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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La visita de Yolanda Díaz al Papa Francisco ha tenido una repercusión mediática inusual, en primer lugar porque es un hecho objetivo que ha sido la primera vicepresidenta del Gobierno de España que es recibida en audiencia pública por el Papa y, en segundo término, porque la propia Díaz ha querido elevar el tono de la visita institucional y, con su exceso de protagonismo, ha destapado de nuevo todo tipo de recelos, tanto externos como internos, en un Gobierno en el que la coalición se antoja cada vez más complicada.

No hay nada extraño en el contenido de una visita institucional, en la que se mide al milímetro desde la duración hasta cada uno de los gestos que se producen. Nada raro en que hablen de asuntos como precariedad laboral, crisis sanitaria y cambio climático, no solo por la importancia de los temas en sí, sino porque muy probablemente habrán hablado de otros temas que no se han hecho públicos. Tampoco es de extrañar que la vicepresidenta prepare con mimo los regalos y no dé puntada sin hilo al incluir un evidente mensaje simbólico con los poemas de Rosalía de Castro y la estola hecha de material reciclado, elaborada por las Carmelitas Descalzas de Alcalá de Henares.

Sí desentonan, sin embargo, los mensajes cruzados entre miembros del Gobierno, como si se tratara de una disputa de chiquillos, por ver quién sale más en la foto. Desentona el hacerse notar de la propia Díaz, incluso saltándose el protocolo vaticano. Desentona enormemente que el propio Gobierno haya estado tratando de poner sordina al encuentro y al final haya hecho todo lo posible por venderlo como una visita de Estado. Y desentona, al fin, que desde el Ejecutivo sean incapaces de llevar algo a cabo sin que quede encerrado en los estrechos márgenes de la ideología y la política con minúscula, en lugar de actuar con altura y comportarse, tal y como tantas veces presumen, como verdaderos hombres y mujeres de Estado.