Línea editorial: "Un año de tormento en Myanmar"

El ejército no se resignó a quedarse en sus cuarteles y decidió irrumpir de manera violenta en la vida ciudadana

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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Hace un año el ejército protagonizó un violento Golpe de Estado en Myanmar. El país llegó a las puertas de la guerra civil y una monja católica, matrona en un hospital para personas sin recursos, se convirtió en símbolo de la resistencia. Un año más tarde todo ha empeorado. Algunos de los que se sumaron a los movimientos de resistencia se organizan en la clandestinidad y reciben entrenamiento militar. Otros fueron apresados, encarcelados o han desaparecidos. Entre unos y otros habita la mayoría silenciosa que resiste como puede. Se habían acostumbrado a vivir en libertad y habían saboreado los beneficios de la democracia. Pero el ejército no se resignó a quedarse en sus cuarteles y decidió irrumpir de manera violenta en la vida ciudadana.

Los manifestantes que ayer salieron a las calles para protestar en el primero aniversario del Golpe sabían que se enfrentaban a detenciones masivas y a encarcelamientos arbitrarios. Los que han permanecido encerrados en sus casas en una "huelga de silencio" han conseguido que las calles del país amanecieran desiertas, sabedores de que podían ser juzgados por delitos de terrorismo y condenados a cadena perpetua. Ni unos ni otros han conseguido que la Junta Militar se mueva un centímetro. Tampoco han surtido efecto las sanciones económicas acordadas por Estados Unidos, Reino Unido y Canadá. La ONU cifra en 1.500 los civiles asesinados en este periodo. La Junta Militar prometió elecciones democráticas, pero la promesa se ha desvanecido como el humo. Myanmar vive al borde de una Guerra Civil y no parece que nadie pueda evitarla.