Línea editorial: "El amor no produce desechos"

El Papa Francisco este fin de semana nos ha recordado que el amor auténtico acoge al otro tal como es y no como pensamos que debería ser

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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La primera pandemia global de la historia ha puesto en el foco de la atención mediática algunas cuestiones que, de forma larvada, venían ya constituyendo verdaderos dramas. Uno de ellos es, sin duda, todo lo relacionado con la salud mental, que, de manera muy gráfica, muchos califican de “pandemia silenciosa”.

Solo en España, y solo hablando de suicidio, se quitan la vida más de cuatro mil personas al año, en unas cifras que, al tiempo que crecen, arrojan un retrato desolador sobre el tiempo que vivimos; un tiempo en el que, lejos de abordar las causas siempre complejas y diversas de fenómenos de estas características, en muchas ocasiones las potencia y se limita a rasgarse las vestiduras con las consecuencias indeseadas de aquello que se ha promovido.

Precisamente, el Papa Francisco este fin de semana, en un saludo enviado a los participantes en una jornada de estudio sobre discapacidad y enfermedad mental, celebrada en Roma, nos ha recordado que el amor auténtico acoge al otro tal como es y no como pensamos que debería ser, según estándares demasiado precisos, porque el amor no produce desechos. Francisco ha apuntado al corazón del asunto cuando ha subrayado que, para bien o para mal, ningún hombre está solo, sino que vive siempre dentro de una red de relaciones.

Para bien, porque nos beneficiamos de la cercanía, la ayuda y el consuelo de los demás, y para mal, porque, lejos de una suerte de libertad desvinculada que se nos quiere vender, cualquier problema de uno repercute en los demás y nos interpela hasta el punto de preguntarnos si no estoy llamado a ser yo también como aquel Simón, que venía de Cirene, y que ayudó a Jesús a llevar la cruz durante un largo trecho de la Vía Dolorosa.

Un amor que está particularmente atento a las necesidades de aquellos hermanos más frágiles, que no los estigmatiza ni los descarta, sino que les acompaña en su camino de dificultad, al tiempo que le ofrece, en el mismo gesto generoso de cargar con la cruz del otro, un camino de esperanza que venza con el ejemplo la tentación del sinsentido y la desolación en los que se encuentra sumida cada vez más gente.