Madrid - Publicado el - Actualizado
1 min lectura
Con las tormentas políticas habituales como fondo, hoy culmina el tiempo navideño con la celebración de la festividad de la Epifanía del Señor y de los Reyes Magos, en la que, de algún modo, todos nos convertimos en niños, con el gozo de la esperanza encarnada en el Niño Jesús. En realidad, en este día más que dar regalos, asistimos a la exposición pública del gran regalo anunciado por Dios desde el principio de los tiempos, renovado cada año desde la humildad de un pesebre. Por ello, la fiesta de hoy no es tan solo la fiesta de los niños, que tanta ilusión han esperado el amanecer jubiloso, sino la fiesta de los padres y, por ende, de las familias, en un canto jubiloso a la vida frente a las tinieblas de un individualismo políticamente programado, en aras de un supuesto bienestar social.
En estos días, el Papa Francisco, en su catequesis final dedicada a la figura de San José, afirmaba que nadie nace padre sino que se hace para traer hijos al mundo y hacerse cargo de ellos con responsabilidad. La pérdida de este sentido es, una de las taras que más desfiguran a buena parte de la sociedad opulenta, que no deja de acelerar el camino hacia un tenebroso invierno demográfico. Aunque siempre es momento para recordarlo, la fiesta de hoy nos da la ocasión de celebrar con alegría el recuerdo de las ofrendas de los Magos al Niño, sin perder por ello de vista la solidaridad con quienes están siendo azotados por la crisis económica y sanitaria.