Madrid - Publicado el - Actualizado
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La decisión del primer ministro británico Boris Johnson de suspender el Parlamento, ha sido considerada por buena parte de los analistas como un auténtico golpe de Estado destinado a forzar, sin apenas debate y sin acuerdo, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. La consecuencia inmediata ha sido la caída de la libra esterlina y una mayor incertidumbre sobre ls consecuencias económicas y sociales del peor de los escenarios posibles del Brexit. Lo que empezó como una especie de reto a Bruselas basado en una gran mentira impulsada por el propio Jonson sobre los perjuicios que le acarreaba su adhesión a la Unión Europea, ya va camino de convertirse en un infierno económico, empresarial y humano del que todavía se desconocen sus detalles concretos.
Es evidente que Johnson, conocido por sus mentiras y su fogosidad que a veces raya con lo irracional, se ha envalentonado en su reto a Europa tras la “cumbre” del G-7, donde ha encontrado un caluroso apoyo de Donald Trump que le ha ofrecido una alianza comercial y económica poco menos que paradisíaca en un enfurecido marco de nacionalismo populista. Ambos comparten una feroz hostilidad hacia los inmigrantes, en la que se encuentra la raiz misma del propio Brexit.
Queda por ver cual va a ser la reacción de los propios británicos que ya mostraron su división en el referéndum hace dos años. De momento, Escocia está incubando otra consulta sobre la separación de Inglaterra y, más allá, está en juego la suerte de los inmigrantes que residen en Gran Bretaña, entre ellos casi 200.000 españoles, así como la estabilidad empresarial, tanto británica como europea, de la que dependen cientos de miles de empleados. De la mentira como arma política, Londres está pasando a una dramática realidad que se le puede escapar de las manos.