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El verdadero rostro de la Iglesia

Tras la conmoción provocada por la renuncia de Benedicto XVI a su pontificado, parece lógica la atención que están poniendo los medios a cada una de las palabras que pronuncia en su despedida. Sin embargo algunos de estos medios, inmersos en la cultura laicista, desbarran al interpretar la decisión del Papa con sus habituales esquemas políticos. Las alusiones nada nuevas que hizo ayer el Papa a la superación de individualismos y rivalidades para vivir la Cuaresma en una comunión eclesial, se interpretan como la razón última que ha movido a Benedicto XVI a su renuncia, como si hubiese sido víctima de una conspiración. Las cosas, sin embargo, son mucho más sencillas y más claras, como ha explicado el propio Papa, que ayer reiteraba en la masiva audiencia general haber tomado su decisión en plena libertad de espíritu y por el bien de la Iglesia.  Conmueve la libertad y la paternidad de este gigante del pensamiento que desea un hombre con pleno vigor al timón de la barca, y que se retira al menester más decisivo para la Iglesia, el de la oración. Cierto es que durante su pontificado no han faltado heridas que han exigido su atención extenuante, desde los casos de pederastia a la escisión de los lefebvrianos o el desacato de los sacerdotes austriacos. Ha sido parte de ese “humo de Satanás” infiltrado en la Iglesia, que denunció hace ya cuarenta años Pablo VI pero que se remonta a los primeros tiempos del cristianismo. La guía de Benedicto XVI muestra el auténtico rostro de una Iglesia que no busca éxitos mundanos sino la santidad de sus miembros.