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La historia del sacerdote al que un yihadista no fue capaz de degollar

El P. Nirwan estaba a punto de ser asesinado, pero el verdugo no podía: "¿Quién eres tú y por qué no puedo bajar el cuchillo?"

El P. Abuna Nirwan junto a su familia

El P. Abuna Nirwan junto a su familia 

Redacción religión

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 11:52

El Estado Islámico ha sembrado el caos y la muerte en muchas partes del mundo. En Oriente Medio, en forma de guerras en Siria e Iraq, especialmente. En Europa, con atentados como los de las Ramblas de Barcelona o el de la Sala Bataclán, en Francia. El brazo del terrorismo también ha llegado al sudeste asiático, como probaron con la masacre que perpetraron en tres iglesias y varios hoteles de Sri Lanka. El continente africano ha despertado en este mes de mayo con varios asesinatos a misioneros y cristianos. Sin embargo, ha habido una persona que ha podido detener ese brazo, desde la oración, la paz...y también en sentido literal.  

Es el caso de Abuna Nirwan, un sacerdote franciscano iraquí, y ese mérito se lo atribuye a Dios y a una beata, que hoy es santa. Le capturaron los yihadistas de camino a Mosul, a donde iba a visitar a sus padres. El desenlace de los acontecimientos acabó con el religioso arrodillado, el cuello extendido y un cubo debajo, para recoger su sangre. Le iban a degollar e iban a grabarlo. Sin embargo, al levantar el brazo, su verdugo confesó que no era capaz de bajarlo para ejecutarle: "¿Quién eres tú y por qué no puedo bajar el cuchillo?". 

Detenido cuando iba a ver a sus padres a Mosul

Viajaba en coche junto con una familia musulmana, un joven musulmán y el chófer, que era cristiano. Poco después de abrirse al amanecer la frontera que separa Jordania e Iraq, continuaron el trayecto hasta que les pararon los terroristas en un puesto de control que habían arrebatado a los militares iraquíes. 

"Nos detuvimos. El chofer dijo: tengo miedo de ese grupo. Cuando llegamos nos pidieron los pasaportes, y no nos hicieron bajar del coche. Se llevaron los pasaportes a la oficina. Volvió la persona, se dirigió a mí y me dijo: Padre, vamos a seguir con la investigación. Pueden dirigirse hasta la oficina que hay más allá. Después ya es desierto. Muy bien, respondí, si tenemos que ir iremos. Caminamos un cuarto de hora hasta llegar a la cabaña que nos indicaban", recuerda en el testimonio que recoge el P. Santiago Quemada.

Una cámara, un cuchillo y el Corán

En el punto donde les habían indicado, les recibieron dos hombres con la cara tapada. Uno de ellos, con una cámara en la mano y un cuchillo en la otra. El otro, portaba el Corán. Entonces, ejecutaron al joven musulmán que les acompañaba en el coche. Después, era su turno. 

"Se acercaron a donde estábamos y uno de ellos me preguntó: Padre, ¿de donde viene? Dije que de Jordania. Después le preguntó al chofer. Luego fue al chico joven que venía con nosotros, le agarró por detrás con los brazos y lo mató con el cuchillo. Me ataron las manos a la espalda. Después me dijo: Padre, estamos grabando esto para Al Jazeera¿Quiere decir algunas palabras?. Por favor no más de un minuto. Yo dije: "No, sólo quiero rezar. Me dejaron un minuto para rezar".

¿Quién eres tú que no puedo bajar el cuchillo? 

Nirwan no se acuerda de qué rezó antes del momento que iba a ser el de su muerte. Sí que sabe que lo hizo a las reliquias de santa María Alphonsin que llevaba consigo. No le suplicó por su vida, si no para que nadie más muriera. Todo eso, en un minuto. 

"Cogió mi cabeza con su mano, me sujetó el hombro con fuerza, y levantó el cuchillo. Unos momentos de silencio, y de repente dijo: ¿quién eres tú? Yo contesté: un monje. Y contestó: ¿y por qué no puedo bajar el cuchillo?. ¿Quién eres? Y ya, sin dejarme contestar, me dijo: 'Padre, tú y todos volved al coche. Nos fuimos hasta el donde estaba el vehículo'".

Una mirada hacia Dios

El padre Abuna Nirwan, la familia musulmana que les acompañaba y el chófer pudieron continuar su camino. Estos hechos, que le ocurrieron el 14 de julio de 2007 según cuenta también Aleteia, dejaron un poso en el franciscano. Algo había cambiado en su mirada hacia la muerte y a cómo Dios había cuidado de él aquél día. 

Desde ese momento he dejado de tener miedo a la muerte. Sé que algún día moriré, pero ahora tengo más claro que será solo cuando Dios quiera. Desde entonces no tengo miedo a nada ni a nadie. Lo que me suceda será porque es voluntad de Dios, y Él me dará la fuerza para acoger su Cruz. Lo importante es tener fe. Dios cuida a los que creen en Él.

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