La sociedad del uniforme - Excelencia Literaria

La sociedad del uniforme

Irina Galera

Ganadora de la X edición

www.excelencialiteraria.com

En una casa decorada con sencillez, donde los muebles eran de color celeste, Lidia se despertó con la sintonía que el Gobierno había elegido para ese año. Cada cinco, seleccionaba también un uniforme para todos los habitantes del país. En aquella ocasión, se había optado para los días laborales por unos pantalones verde caza y una camiseta blanca. El fin de semana, el atuendo consistía en unos pantalones negros y una camisa naranja. Para las ocasiones especiales (bodas y otras celebraciones), la indumentaria era un traje de chaqueta blanco para los hombres, y un traje rosa para las mujeres.

Lidia se levantó, apagó la alarma y caminó hacia el espejo, donde le miró una adolescente de dieciséis años y ojos marrones, labios finos, largas pestañas y pelo alborotado. Enseguida se puso el uniforme, se peinó e hizo El Baile, un ritual que mandaba la Constitución: puso los brazos en equis, dio un paso adelante, dos hacia el lado izquierdo, media vuelta, estiró los brazos y los alzó hacia el techo, para finalizar con una flexión de rodillas. Bajó a la primera planta, donde desayunaban sus padres junto a su hermano Leo.

–Buenos días, dormilona. ¿Has hecho El Baile mientras sonaba la sintonía? –le preguntó su madre.

–Sí –contestó.

–¡Muy bien! Recuerda que esa danza te ayuda a conectar con el presente, con nuestra corporalidad y con la comunidad.

Estaba la televisión encendida y mostraba unos disturbios: un grupo de encapuchados se peleaba con la policía, al tiempo que un locutor decía:

–Ayer por la noche hubo varios ataques por parte de los Anti, que lanzaron huevos a la vivienda de un ministro. La policía pudo detenerlos y los cabecillas serán juzgados.

–¡Otra vez esos malditos quejicas! –exclamó su padre– ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que, desde que vivimos bajo la Ley de la Uniformidad, hay menos desigualdades? Se han igualado los salarios, la vestimenta e, incluso, el régimen alimenticio. Antes, cada persona cobraba mucho o muy poco, vestíamos inapropiadamente y comíamos porquerías. Nuestra calidad de vida ha mejorado, pero los Anti prefieren ir vestidos como mamarrachos. No piensan en nadie más que en sí mismos.

–Tampoco aceptan El Baile ritual, ni la danza colectiva del primero de mes. Si cumplieran con su obligación, comprenderían los fundamentos de nuestra sociedad. Pero les falta humildad –explicó su madre.

Lidia terminó el desayuno, preparó su mochila, bajó las escaleras del porche junto a su perrito, que fue a despedirla, cruzó el jardín, cerró la puerta de la verja azul celeste y caminó hasta la parada. El autobús llegó puntual, como de costumbre. Lidia estudiaba el cuarto curso de la EBR (Educación Básica Requerida). Cuando pasara los exámenes finales, podría elegir entre ser una ciudadana dedicada a cuestiones técnicas o a la comunidad. Podría estudiar ingeniería o arquitectura, y en caso de no sentir vocación por esas materias, se emplearía en los servicios sociales de una residencia de ancianos, en una guardería, en un comedor público, etc.

Hacía unos cincuenta años que se prohibió el estudio de la Filosofía, de la Historia y de la Historia del Arte, por decisión unánime del Movimiento Unificador. Las calles fueron limpiadas de construcciones irregulares, en donde se erigieron nuevos edificios que seguían las directrices de un estilo aséptico y funcional. Cada ciudadano había recibido un libro: “La Cosmovisión a través de El Baile”, que explicaba cómo, mediante los bailes que se realizaban a lo largo del día, el ciudadano podía captar el instante, rechazando su ego para fundirse en la totalidad. Su madre solía decir que las personas del pasado habrían soñado pertenecer a un país como el que ellos ahora disfrutaban.

El autobús llegó al colegio. Según su amiga Carmen, era una prisión decorada con cartulinas, donde enseñaban a sumar, restar y respetar a los adultos. Los alumnos se reunieron en el patio, donde se formaron en filas que seguían el orden alfabético en función del curso al que pertenecían. Poco después sonó la sintonía, hicieron El Baile y subieron a las aulas sin romper las filas. En el aula de EBR, Lidia se encontró con su amiga Sofia.

–¿Te vienes después de clase a Anuka? Ya sabes, el local dónde practicamos El Baile y sus variantes. Hemos quedado unos cuantos. Los de siempre: Santiago, Maca, Iván, Javi…

–Hoy ya tengo planes –le contestó Lidia –, con Carmen y los demás.

–Pero, Lidia… Esa gente te va a traer problemas. Simpatizan con los Anti. Cuando menos te lo esperes, te obligarán a convertirte en uno de ellos. Son como una secta: te lavan la cabeza y te dicen lo que tienes que pensar.

Lidia se encogió de hombros.

–Pues tú misma –le susurró Sofía.

El profesor comenzó a explicar Matemáticas. A Lidia, aquella asignatura no le interesaba. Se concentró en sus planes para la tarde: con Carmen solía ir a un parque, en donde se sentaban junto a sus amigos en corro. Cantaban las canciones oficiales del Gobierno, a las que les cambiaban la letra. Así Lidia idealizaba un mundo sin uniformidad, en el que ningún grupo social podía estigmatizar a quienes no coincidían con el pensamiento oficial. Si sus padres lo supieran… la desheredarían. Ellos nunca habían sentido curiosidad por saber cómo eran Los Anti.

Hacía meses que Lidia, a escondidas, se había dibujado un tatuaje, un gato, el símbolo de la revolución. Los gatos conservaban su carácter salvaje a pesar de vivir dentro en una casa, del mismo modo que los Anti confabulaban desde el interior de la sociedad. Sin embargo, ahora se arrepentía de haberse tatuado, pues se había dado cuenta de que el grupo de Carmen también era dogmático: no escuchaba nuevas propuestas, como si el laberinto en el que estaban tuviera sólo una salida.

Llevaba semanas pensando de qué manera hablar con Los Gatos (así se hacía llamar el grupo). Se acordaba del cuento infantil en el que unos ratones deciden ponerle un cascabel a un gato, para escucharlo cuando se aproxime a la ratonera. La idea era buena, lo difícil era decidir quién le ponía el cascabel.

Cuando terminaron las clases, se reunió con Carmen en la puerta del colegio. Poco después llegaron al parque. Les esperaban Pablo, Begoña, Rafael, Irene, Carlos y Alberto.

–¿Os habéis enterado? Ayer detuvieron a Iñigo en la protesta frente a la casa del ministro –comentó Rafael–. Parece que no lo soltarán hasta dentro de seis meses. Va a tener que realizar trabajos sociales hasta que reviente. ¡Ojalá se pudra la policía!

–Ha llegado el momento en el que deberíamos parar – soltó Lidia, a la que las sutilezas se le daban regular.

–¿Qué quieres decir? –le preguntaron al unísono Irene y Carlos, mientras todos la miraban con estupor.

–Esta situación es insostenible. ¿No os dais cuenta? Llevamos años caminando en círculo, con manifestaciones que no conducen a nada. Deberíamos ganarnos la confianza de alguien que esté en el Gobierno. Convencerle de que se una a nuestra causa, para que nos ayude a romper la uniformidad. ¿Qué sentido tiene una sociedad en la que hay seguridad sin libertad? –preguntó sin elevar la voz, pues la palabra libertad estaba prohibida.

–Así que renuncias a seguir con nosotros… –expuso Alberto con enfado–. Entonces, tenemos que pedirte que abandones Los Gatos.

–Pero –trató de explicarse–, si destruimos El Baile y no dejamos que la gente pueda elegir, terminaremos por convertirnos en lo que son nuestros mandatarios: unos tiranos. Hagámonos con el poder para, desde la administración, abrir las puertas a los que desean tener su propio estilo. Si tomamos el control para excluir a quienes no piensan como nosotros, seremos una serpiente que solo se esfuerza en mudar de piel.

–¡No! –protestó Carmen–. Cuando lleguemos arriba quemaremos los uniformes y el libro de la Cosmovisión.

Lidia la miró y, de seguido, repasó con los ojos al resto del grupo.

–Derrumbar para construir sobre las ruinas, es repetir el mismo error.

–Nos has traicionado, Lidia. Estás con ellos –afirmó Alberto.

–Está bien –se puso en pie–, me marcho. Pero sabed que os equivocáis. Habéis dividido la sociedad en dos bandos. Podríamos ser libres, pero sólo pensáis en imponer vuestro concepto de libertad.

El viento le agitaba el pelo y su mirada brillaba con determinación. Se fue alejando del grupo, salió del parque y sintió como si se hubiera quitado unas cadenas que le ataban pies. Por fin escogía su propio destino.

 

Irina Galera

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