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Santa Edith Stein, la mujer que encontró la verdad con mayúscula

Judía de nacimiento, abandonó su religión en la adolescencia y se declaró atea. Abrazó la Filosofía y a Jesús en medio de las dos guerras mundiales hasta dar la vida y ser hoy santa co-patrona de Europa.  

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Edith Stein nació el 12 de octubre en la Breslau alemana de 1891, hoy oeste de Polonia. Creció en el seno de una familia judía. Era la pequeña de 11 hermanos la que sería una de las santas co-patronas de Europa. La de Edith es la historia de una buscadora de la verdad en medio de las páginas de los libros y las guerras mundiales.

Por lo que se dice de Edith, ya desde pequeña poseía una mente prodigiosa y un interés por el conocimiento fuera de lo común. Al cumplir seis años le "regalaron" por su cumpleaños el poder ir por fin a la escuela. Fue creciendo en sabiduría y en ese hambre insaciable. La llamada del conocimiento siempre fue irresistible para ella. Antes de cumplir 15 años, decidió abandonar la práctica de su religión, aunque siguió fiel al ayuno durante toda su vida.

Su afán en la búsqueda de la verdad le llevó a la universidad de Gotinga. Allí, se topó con su maestro Adolph Husserl, también judío. Su inquietud despertó la atención del filósofo, que la acompañaría hasta el summa cum laude en su doctorado. Las aulas universitarias fueron para Edith lo que para un niño el patio del recreo. Historia, ciencia y, por supuesto filosofía, fueron varias de sus compañeras de viaje, del que se bajó su fe, ya que Edith se declararía atea.

Mientras la historia de la joven pensadora Edith Stein seguía floreciendo, la de la humanidad se acercaba a uno de sus más profundos desiertos. En pleno crecimiento intelectual, estalló el primer acto de la Gran Guerra. Los antiguos imperios, y los nuevos, se enfrentaban. Edith cerró los libros y se alistó como voluntaria de la Cruz Roja para atender a los enfermos en un hospital de Austria. Por sus servicios obtuvo la medalla al valor, y es que nuestra santa siempre quería ser la número uno.

Una filósofa ante el Misterio

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Poco después, el hombre que estaba en la Cruz, comenzó a llamarla. Hizo fijarse a Edith en una mujer que fue a una iglesia a rezar. Ese hecho, hoy quizás cotidiano, le llamó mucho la atención. Su cercanía a Dios solo había pasado por las celebraciones judías, no por "acercarse", en sentido literal, a hablarle. Ese primer toque de Jesús en el corazón de Edith, se consumó en casa de unos amigos.

Como filósofa, las librerías gustaban a Edith. Leyendo su historia hoy, parece que Jesús lo sabía, que por eso puso en esta enamorada de los libros, uno en concreto. Edith se encontró frente a frente con la vida de Santa Teresa de Ávila. No era el tipo de obra al que parecía estar acostumbrada, pero, "libros, ¿a mí?", debió pensar. Entre las páginas de la historia de la santa, comenzaron a escribirse su propia historia de santidad.

Ingresó como Sor Teresa Benedicta de la Cruz en las Carmelitas Descalzas después de bautizarse y recibir la Confirmación. Lo hizo también junto a Rosa, una de sus hermanas. La elección de esta orden religiosa estaba hecha para Edith, ya que se fundamenta en el pensamiento de lo divino. Todo un reto para un intelecto de su talla.

Entre los muros del monasterio de Colonia, en Alemania, transcurrían sus días. Edith, o sor Teresa, continuó pensando a Dios, acercándose por fin a Él como aquella mujer que tanto le había llamado la atención.

Mártir en Auschwitz y santa co-patrona de Europa por San Juan Pablo II

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Sin embargo, también se estaba acercando otro de los momentos por el que aún hoy se clama al cielo. El antisemitismo y la tensión crecían en Europa hasta levantar el telón de la Segunda Guerra Mundial. El auge del partido nazi y la persecución a los judíos ponía en peligro la vida de la nueva carmelita descalza.

Desde su orden, lograron enviarla a ella y a su hermana lejos de allí. Se refugiaron en un convento en Echt, Holanda, país neutral en la contienda. Parecía que por fin Edith podría disfrutar de la contemplación de Jesús lejos de la guerra y el odio. No obstante, mientras ella seguía escribiendo y rezando, la guerra de Hitler tocó de nuevo su puerta.

Por ello, pidió el traslado a otro convento en Francia para ella y su hermana. Ella recibió el visto bueno para marcharse, pero no su hermana Rosa, por lo que decidió quedarse en Holanda. Como judía conversa, Edith y su hermana no tenían nada que temer hasta que los lazos de las SS se estrecharon sobre los bautizados judíos.

Fue un domingo 2 de agosto de 1942 cuando se subieron a un camión para ser deportadas al campo de concentración Auschwitz, llamado la 'fábrica de la muerte'. Una semana más tarde, la presa 4.470, Edith Stein, se unía como mártir en la cámara de gas a los millones de personas que fueron asesinadas tras las alambradas del campo.

Su historia y su testimonio escaparon de aquellos muros y llegaron hasta hoy. Su comunidad en Polonia y Alemania insistieron durante los 80 en su beatificación y posterior canonización. Fue uno como ella, un polaco llamado Karol Wojtyla, uno que también sobrevivió al nazismo, quien la elevaría como santa y co-patrona de Europa en 1998. San Juan Pablo II la reconoció como una joven que buscaba la verdad y que, a pesar de ser una gran pensadora, se dejó conquistar por ella. Y, sobre todo, resaltó que reconoció a la Verdad por su nombre.

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