"Balabasa" - Excelencia Literaria
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«Balabasa»

Julia Montoro

Ganadora de la XIX edición

www.excelencialiteraria.com

 

Una calabaza mutante ha abandonado mi casa a las ocho y media de la mañana. Era un ente de color naranja intenso y noventa centímetros de altura. Salió por la puerta con paso inestable, gritando:

–¡Balabasa! ¡Soy una balabasa!

Yo no tenía constancia de que los nuevos organismos modificados genéticamente en la industria agrícola, llegasen a hablar… ¡Sí que ha avanzado la ciencia!

Fuera de bromas, esa hortaliza parlante resulta ser mi hermano pequeño. No es un vegetal, pero vaya, describirlo como mutante no se aleja demasiado de la realidad. Se me había olvidado que tener dos años implica ir conociendo este mundo extraño.

El caso es que Bosco (que hoy ha sido una “balabasa”) se había disfrazado de calabaza. Más bien, de un intento fallido de disfraz ejecutado por la estilista del momento: mi madre, experta en confecciones contrarreloj con materiales sostenibles. Todas sus piezas se ejecutan en menos de veinticuatro horas y con los colgajos de pasadas temporadas.

¿Cuál era el motivo de esa parafernalia vegetal? La celebración de Halloween. Bosco apenas acaba de aprender a contar hasta tres, pero sabe que Halloween se celebra por todo lo alto.

Es conocido que esta festividad llegó por manos de los celtas, a modo de celebración pagana. Con los siglos adoptó matices religiosos cristianos, al vincularse a la veneración de los difuntos, pero en cuanto la monopolizadora cultura americana la tocó con su varita, se transformó en lo que hoy conocemos.

Es indiscutible que los niveles de creatividad aumentan de forma exponencial a cada año. El aparentemente inocente “trick or treat” (“truco o trato”, decimos por aquí) que proponen adorables vampiros de dientes de leche y brujas con tutú, ha evolucionado a formas apocalípticas. Lo que parecía un evento inocente en el que primaba la dulzura infantil, es una llamada a una muerte de lo más degenerada, en la que la guadaña medieval resulta agradable en comparación con tantos manchurrones de sangre.

Zombies, psicópatas decapitados, novias muertas, seres de rostros desfigurados… la lista continúa. Lo peor de todo es que este tipo de representaciones se han normalizado: niños y mayores no parecen mostrarse aterrorizados ante tan grotescos personajes. De hecho, se recrean y regocijan en ellos. Incluso hemos trasladado esta interpretación de la muerte a las aulas, para que los más inocentes asuman como válido semejante planteamiento.

¡Menuda incoherencia! El hombre del siglo XIX busca la eternidad, alejando de su realidad la muerte inevitable. Pero los esquemas de la inmortalidad se rompen el 31 de octubre. Como si de una purga se tratase, la última noche de ese mes damos la espalda a nuestros valores para caer en el todo vale. Como si estuviésemos locos, decidimos venerar a la muerte por unas horas, que no a los difuntos, envileciendo una necesidad trascendente que debería tratarse con el más profundo de los respetos.

Así que esta mañana, a las ocho y media, Bosco se ha marchado al colegio disfrazado de hortaliza para festejar Halloween, sin saber el motivo. Entre tanta neotradición occidental habría que llamar a la puerta de nuestras costumbres y ponderar este tipo de situaciones, en las que el “trato” prevalece sobre el “truco”. Tanta sobredosis de azúcar, está embotando nuestros cerebros.

 

 

 

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