La gran oportunidad de Paul y Antetokounmpo - Con Basket si hay paraíso
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La gran oportunidad de Paul y Antetokounmpo

No ocurre en ninguna otra liga. Incluso en temporadas atípicas, quizá junto a la anterior la más extraña de la historia, la NBA nos sorprende. La teoría decía un Los Ángeles Lakers-Brooklyn Nets.
Pero nada de lo que esté escrito de antemano en esta liga sirve. La final que el ideario y quizá el negocio de la liga presumía ni se ha olido. Lejos, muy lejos ha quedado la presumible defensa del campeón y el gran aspirante que había puesto toda la carne en el asador, los Brooklyn Nets.
Esta trituradora de pronósticos es capaz de invertir el orden de los factores, lo que alterando el producto porque no es lo mismo carne que pescado, no merma la emoción.  No hay otra liga como la NBA en esto, no hay nadie capaz de pronosticar ni falta que hace aunque al periodismo nos encante jugar a ese juego, y aunque haya quien reduzca su pasión por el juego a un agitar el vaso y tirar unos dados para ver si acaba ocurriendo lo que pronostican. Claro que los pronósticos forman parte de este mundillo, si queremos hasta lo pueden hacer más entretenido, a muchos les gusta jugar y hacer su cuadro de playoffs pronosticando qué ocurrirá y quién se llevará el anillo.
En la mayoría de ligas potentes del mundo esperas que uno u otro equipo o aquel otro se lleven el título, si aparece un convidado inesperado se cataloga de gran sorpresa y emocionante competición. La NBA no tiene nada que ver con todo eso porque la sorpresa forma parte de su guión. Lo imprevisto es lo previsible, sabes que siempre te sorprenderá la competición.
Es más, cuando no lo hace eso se convierte en noticia. Fue noticia que los Warriors ganaran varios anillos seguidos estos últimos años, fue noticia hace una década que los Lakers ganaran dos anillos seguidos. Fue fruto también de un ciclo hegemónico que los Spurs aparecieran cada dos años en las finales. Durante un ciclo de dominación, Michael Jordan ejecutó su superioridad y las batallas de aquellos Bulls ante sus rivales, Utah, Phoenix o quien fuera, potenciaron la liga a la vez que la convirtieron en algo previsible, no en su acepción peyorativa en este caso.
Pero desde hace unos años, mantener bloques en la NBA es tarea casi imposible, le costó muchísimo a los Warriors, lo hicieron durante un lustro glorioso pero no es lo habitual. No hay equipos como aquellos Spurs de Parker-Duncan-Ginóbili. Hay más dinero a repartir, los jugadores ganan más y se impone la cultura del corto plazo entre jugadores y franquicias. Se trata de ganar lo que se pueda y pronto. Incluso aquellos que buscan la reconstrucción lo hacen con prisa.
El caso es que en este mercado mucho más móvil que tiene la NBA en los últimos años, un equipo que esté en la miseria un año, siendo el peor de la liga en su conferencia, puede estar dos años después jugando nada menos que una final de la NBA a punto de pelear por el primer anillo y disputando la tercera final de su historia. Son los Phoenix Suns.
No es el caso de su oponente, de hecho Milwaukee Bucks estaba llamado para esto y en este caso la impaciencia empezaba a llamar a la puerta de la franquicia de Wisconsin. Teniendo al MVP de los últimos dos años y una plantilla diseñada para el anillo, los Bucks empezaban a desesperarse. Tuvieron que tomar una decisión capital tanto la franquicia como el jugador sobre su visión estratégica tras la frustración de ni llegar a la final de la NBA: todo a Giannis, y éste a su vez desoír las tentadoras ofertas de otros equipos NBA que le tentaban para un proyecto de anillo. Giannis también apostó todo al verde, se quedó en Milwaukee. Esa apuesta mutua ha salido bien.
Curiosamente los Bucks hayan acabado clasificándose para la final sin su líder en los dos últimos partidos ante Atlanta Hawks. Con los físicos tocados, ni Giannis por una caída que pudo costarle muy cara, ni en frente con el fenómeno Trae Young en buenas condiciones, acabó resolviéndose la final del Este en favor de los Bucks para llegar a la final de la NBA ¡47 años después! El equipo del frío estado de Wisconsin ya sabe qué es ganar el anillo pero sólo lo recuerdan los abuelos. Fue a comienzos de los 70 con Jabbar (entonces Lew Alcindor) y Robertson. Son sus terceras finales de la NBA tras aquellas dos disputadas en 1971 y 1974. ¡Imaginemos lo que significa esto para una tierra, para sus generaciones. Por fin los chicos pueden hablar con sus mayores sabiendo de qué hablan.
En frente unos Phoenix Suns que no llegan a una final de la NBA desde hace ¡28 años! (los Suns de Barkley cayeron ante los invencibles Bulls de Jordan), pero a diferencia de los Bucks, los Suns no saben qué es ganar un anillo. No lo sabe tampoco su líder, Chris Paul.
Bueno, de hecho es algo nuevo para todos, técnicos y jugadores. Todos están como chicos con zapatos nuevos y, a diferencia de la temporada pasada con la burbuja de Orlando, esta vez serán unas finales parecidas que no iguales a las de toda la vida, con las canchas luminosas y estruendosas llenas de aficionados, con mares de camisetas de las finales, con ruido, como siempre.
A pesar de que también en Estados Unidos como en Europa vacuna no significa inmunidad y están subiendo a toda pastilla los contagios entre vacunados, por ahora las canchas NBA son lo más parecido a lo de toda la vida.
Debutan los técnicos autores de la gesta, Budenholzer y Williams como primeros entrenadores en unas finales. Debutan sus estrellas, Antetokounmpo, cuya rodilla tiene en vilo a toda su gente, en un lado y Paul en el otro. Claro que dejarse en el camino a Middleton, Jrue Holiday y Brook López en los Bucks sería un pecado. En ausencia del griego-nigeriano, Middleton no ha fallado cuando se le requería y Holiday han dado un paso adelante, también López, que ha recordado al jugador de antes, demoledor en ataque en la pintura, en lugar de jugando a siete metros del aro tirando triples. El espacio interior en ausencia de Giannis ha ido a ocuparlo él y ha sido decisivo. Como Holiday, quizá no tan buen base como Paul pero capaz de anotar y llevar el peso desde la posición de uno o o la de dos.
Los Suns se plantan en esta final quizá para sorpresa de muchos. Puede que la lesión de Kawhi Leonard en los Clippers les haya dejado el camino más franco pero visto cómo han funcionado no se puede decir que sea una sorpresa. Los Suns, un equipo casi desahuciado hace dos años, en plena reconstrucción y que quemaba a una joven estrella Devin Booker, que no podía jugar por nada, y a un número uno del Draft, DeAndre Ayton, está hoy en la final.
Con Ricky Rubio el año pasado ya demostraron que eran un equipo respetable y que de no haber habido parón quién sabe. De hecho fueron a la burbuja a jugar el play-in sin nada que perder y lo ganaron todo, casi se meten en playoff. No estuvo bien cómo dieron la patada a Ricky Rubio, pero formas aparte y aun doliéndonos la salida del español, actuaron con pericia para hacerse con Chris Paul. Un súper clase que parecía ya condenado al club de los grandes que nunca olieron el anillo ni de lejos. Nunca un proyecto con él llegó hasta la final, hasta hoy. Su definitiva madurez fue al salir de Houston y de su matrimonio con Harden y reencontrarse en Oklahoma. En un año que parecía de basura hizo un gran baloncesto y volvió a ser uno de los mejores bases de la NBA, quizá el mejor base puro. El excampeón de la NBA James Jones, ascendido a jefe en los despachos de la factoría Sarver en Arizona, hizo una hábil maniobra y logró a Paul. Su sociedad con Booker sí ha funcionado, los Suns han sido un auténtico equipo con la dirección de Monty Williams. Quienes pensamos hace un año que los Suns sacrificaban futuro por arriesgado cortoplacismo, sacrificando a Rubio y llevando a Paul, nos equivocamos. Esta final inédita nos servirá el espectáculo de la novedad, la imprevisibilidad prevista cada año en la NBA.

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