Carta pastoral de Mons. Manuel Herrero: Un nuevo Sínodo: la participación

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El próximo sínodo, cuyo lema es ?POR UNA IGLESIA SINODAL?, tiene tres pilares: la comunión, la participación y la misión. De la comunión he escrito el domingo pasado. Hoy toca la participación.

Participar es tomar parte por algo o alguien. Aquí se trata de hacer una llamada para que todos los que pertenecemos al Pueblo de Dios -laicos, miembros de vida consagrada y personas ordenadas- nos impliquemos y comprometamos en el ejercicio de una escucha profunda, sincera y respetuosa de los demás. También invitamos a todos los demás hombres y mujeres, aunque no crean o no pertenezcan a la Iglesia Católica, ni crean en Jesucristo, sean ateos, indiferentes o agnósticos. Es un espacio para escuchar juntos al Espíritu Santo que guía nuestras aspiraciones más profundas de cada persona humana, de la humanidad en su conjunto, en beneficio no sólo nuestro, sino de toda la Iglesia, la humanidad y la misma creación. La participación se basa en que todos estamos cualificados y llamados a servirnos recíprocamente con los dones que cada uno ha recibido. Todos hemos recibido unos dones, no únicamente para beneficio de cada uno o de nuestras familias o grupo social, sino para todos y debemos ser unos dones para los demás. Es más: cada uno, allí donde estemos, debemos ser un don para los demás.

En la Iglesia sinodal toda la comunidad, en su riqueza plural y en su diversidad, está llamada a participar teniendo en cuenta varias realidades:

Orar personalmente al Padre de todos y rezar juntos, como hermanos, miembros de una familia: «Allí donde va un cristiano / no hay soledad sino amor, / pues lleva toda la Iglesia / dentro de su corazón. / Y dice siempre ?nosotros?, / incluso si dice ?yo?».

Escuchar: Prestar atención a lo que se oye para percatarnos bien de lo que se nos quiere decir, sin estar pensando cómo argumentar en contra o qué añadiría cada uno. Escucharnos a nosotros mismos, a los demás miembros de la Iglesia, de la sociedad, a los pobres y desfavorecidos, a los que sufren, a los enfermos, a los que están solos, emigrantes, de otras sensibilidades?

Tomar la palabra con valentía, es decir, con libertad, verdad y caridad.

Analizar: ver pros, contras, identificar las partes de lo que se nos dice, si eso responde a la realidad, que casi siempre es compleja, o no.

Dialogar: comunicarnos mediante la palabra, el coloquio lo que el Espíritu nos dice. Comprender silencios y sufrimientos, un diálogo que sea capaz de recoger la experiencia de las personas y los pueblos. Para que sea auténtico diálogo y copiando casi a San Pablo VI, el diálogo debe tener en cuenta que tiene que ser desde la claridad, ante todo. El diálogo supone y exige capacidad de comprensión; es un trasvase de pensamientos, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre. Tiene que ser comprensible, incluso popular. También debe ser lleno de mansedumbre; no debe ser orgulloso, ni hiriente, ni ofensivo. Se debe imponer por la verdad intrínseca que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que da. No es orden, no es imposición. Es pacífico: evita los modos violentos; es paciente, es generoso. Debe desarrollarse en un clima de confianza tanto en el valor de la palabra propia cuanto en la actitud para aceptar la del interlocutor. Debe promover la confianza y la amistad, entrelazar los espíritus en la búsqueda de un bien que excluya todo fin egoísta. Debe tener otra nota: la prudencia, es decir, tener en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que escucha: si niño, si adulto, si impreparado, si desconfiado, si hostil; se afana por conocer la sensibilidad del interlocutor y por modificar racionalmente a uno mismo y las formas de la propia presentación para que no resulte al otro molesto e incomprensible. Si se realiza así será realización de la unión de la verdad y la caridad, la inteligencia y el amor. (Ecclesiam Suam, 75-76).

Discernir: Es decir, descubrir si eso responde a la voluntad de Dios para nosotros hoy, contrastando con la actuación de Jesús, según aparece en el Evangelio, con la Tradición sana de la Iglesia y su enseñanza. Puede ser que se dé consenso, pero puede haber disenso, buscando siempre la común obediencia al Espíritu Santo.

Y, por último, aconsejar para tomar decisiones pastorales. No se trata de imponer o votar decisiones, sino dar un consejo sobre lo que se tiene que hacer. No se trata de marcar qué tienen que hacer los otros, sino también cómo implicarnos responsablemente y generosamente cada uno.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA.

Obispo de Palencia


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Religión