La historia de Antonio, el pequeño que sobrellevó su enfermedad mortal gracias a la Fe

Con siete años le descubrieron un tumor en el hígado del que no pudo recuperarse 

La historia de Antonio, el pequeño que sobrellevó su enfermedad mortal gracias a la Fe

 

Redacción Religión

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 02:55

Antonio nació en la ciudad italiana de Palermo y, desde bien pronto, destacó por el cuidado que tenía de los demás niños. Se aseguraba en los recreos que todos tuvieran bocadillo, y si no, compartía el suyo. En clase le sentaba siempre junto a dos niños: Enrico y Alice, que tenían problemas cognitivos. Él les explicaba suavemente y con paciencia las lecciones que no podían seguir.

Con siete años le descubren un tumor en el hígado. Necesitaba un trasplante. Ya en el hospital, los padres descubren en la capilla un folleto de la Divina Misericordia. A partir de entonces, la rezarán insistentemente. Antonio les acompaña en la oración y les corrige: "Olvidasteis decir algo importante: Jesús confío en ti".

Todas las mañanas pasaban las enfermeras por las habitaciones y los niños empezaban a llorar desesperados. Antonio le gritaba a su madre: “Mamá, ve a consolarlos, no les dejes llorar".

Pronto sería él quien lloraría. Una mañana tomó la Cruz de San Benito en sus manos, la apretó con fuerza y comenzó a gritar en voz alta: "Jesús, ¿dónde estás? Siempre he creído en ti, pero si no me ayudas ahora, ¡ ya no te creo!”

Pero poco a poco se fue calmando. El hígado para el trasplante llegó y durante once horas estuvo en el quirófano. Todo salió bien y volvieron a casa. Pero un mes después, en un TAC de revisión, descubrieron metástasis en los pulmones, por lo que tuvo que someterse a sesiones de quimioterapia. Durante ese tiempo, Antonio hacía muchas preguntas: "¿Cómo puede haber personas que no crean en Jesús, con lo cerca que se le siente?"

Antonio no se quejaba pese al duro tratamiento, hasta el punto que los médicos decían que se comportaba como un adulto y no como un niño. Cuando veía llorar a su madre le decía: "Mamá, ¿porque te desesperas? Debes estar tranquila”.

Los médicos, sin embargo, advertían a la familia que Antonio está empeorando, así que deciden llevarle a Lourdes (localidad francesa de culto y peregrinación). Antes de llegar, en Marsella, Antonio pasa la noche entre terribles dolores pero asombra a sus padres una vez más:

“Papá, ¡qué gran sensación! siento que estoy en el cielo, tengo una sensación de calor en el estómago que me hace sentir bien, tengo ganas de bailar, cantar, gritar... estoy bien y voy a rezar por ti para que tú también puedas sentir esto que yo estoy sintiendo".

Cuando por fin llegaron a Lourdes, Antonio sólo quiso rezar por los demás, no por él mismo. En el santuario de la Virgen, escribió una carta a Jesús para que ayude a los adultos y sus familias en sus necesidades. La noche antes de Reyes, los dolores de Antonio se volvieron feroces. Nadie durmió aquella noche, pero a primera hora de la mañana, Antonio sonreía: "Mamá, qué bien me siento, qué hermoso es ver a Jesús y la pequeña Virgen en casa”.

Por la tarde lo convencieron de ir al hospital, donde después de muchas horas consiguieron calmarle los dolores que sufría desde hacía días. Antonio, exhausto, salió al pasillo del hospital y empezó a llorar.

- Antonio, hasta ahora no has llorado nada, y ahora que estás bien ¿Lloras?

-  " Mamá, estoy pensando en cuánto sufrió Jesús en la cruz, mi sufrimiento en comparación no es nada".

Su madre se enfadó y le dijo que sus sufrimientos sí eran tan grandes como los de Jesús. Pero él la miró como diciéndole: "No lo puedes entender”. Una tarde un sacerdote fue a verle, charlaron e hizo reír a Antonio. Le sugirió que rezarán juntos al Espíritu Santo.

A partir de ese día, algo cambió en Antonio, ya no sólo no se quejaba sino que empezó a animar a todos. Un día cayó de rodillas y dijo, apretando los puños: "Mamá, no importa si ahora Jesús no me cura, porque sé que con mi sufrimiento está sanando a los niños de la sala".

En los últimos dos meses, Antonio se alimentó solo de la Eucaristía. La madre le preguntó al ministro extraordinario cómo podía comulgar porque estaba casi en coma.

-"Le dijo: "Antonio el Cuerpo de Jesús", y de repente abre los ojos y dice ... "Amén"

El sacerdote que atendía espiritualmente al niño un día lo vio atrapado por el dolor y le dijo:

- "Antonio, ¿quieres a Jesús?" Y él, mirando la Eucaristía, comenzó a decir: "Jesús, perdóname, quiero a Jesús”.

Día días antes de morir, llevaron una pequeña capilla de la Virgen a su casa. Días después falleció, pero Jesús no se apartó de él para llevarle esperanza.

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