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Santoral

El santoral del 16 de septiembre: Santos Cornelio y Cipriano, pastores que derraman la sangre

Durante cuatro siglos, la persecución a la Iglesia y a los cristianos era un hecho y estos dos santos la sufrieron con su vida

Durante alrededor de casi cuatro siglos, la persecución a la Iglesia y a los cristianos era un hecho. Todo cambió en el año 313. El Emperador romano Constantino decide la no persecución a los cristianos promulgando el Edicto de Milán. Hasta su llegada, la persecución siguió siendo el pan de cada día para muchos creyentes bajo el dominio, entre otros, del emperador Decio. Esta persecución la sufrieron los Santos Cornelio y Cipriano que conmemoramos hoy.

Decio fue uno de los más sanguinarios en esta etapa. Endureció y corrigió las leyes para ser más duras con quienes practicasen la Fe cristiana. Sus medidas dieron sus "frutos", pero solo por un tiempo. Pasado ese tiempo, todas las miradas se fijaron en el sacerdote Cornelio. Su sustituto Fabián había muerto bajo la tortura y el derramamiento de sangre, como a él mismo le esperaría tiempo después.

El santoral de hoy, miércoles 16 de septiembre

Si la Fe no se sustenta en Cristo, que es la auténtica Roca, la arenisca sobre la que se pueden fundamentar las expectativas cristianas, pueden fracasar. Me explico. Esa persecución causaba miedo, desilusión y desunión entre los miembros de la Barca de Pedro. Para el nuevo Papa Cornelio, el problema no estaba en los soldados romanos, que los buscaban entre las catacumbas y sótanos de Roma. La gran preocupación estaba en las filas internas de la Iglesia.

Uno de los problemas que afrontó la Iglesia de ese tiempo fue la herejía novaciana. Esta defendía que sólo los puros y santos de verdad formaban parte de la Iglesia, y no los conversos. Este frente lo advirtió el Papa Cornelio y el obispo de Cartago, Cipriano, que era converso. Cipriano escribió una carta al Papa hablándole de la cruda realidad. Tiempo después, Cornelio fue arrestado como Papa y decapitado. Ahora el turno le llegaba a Cipriano. El emperador le desterró para intentar que abandonase la Fe, pero cuando vio que Cipriano seguía firme, lo decapitó.