Carta del obispo de Tortosa: «Presentación del Señor en el Templo»

Tiempo de lectura: 3’

El día 2 de febrero celebraremos la fiesta de la Presentación del Señor. Los ritos de purificación y de rescate del primogénito, que estaban prescritos por la Ley, no debían realizarse necesariamente en el Templo. A pesar de ello, a los 40 días del nacimiento de Jesús, María y José fueron a Jerusalén para presentarlo a Dios. Estamos ante un misterio de la vida del Señor que tiene una gran profundidad teológica y espiritual, ya que en él se revela su identidad personal y se anticipa su misión.

Al presentarlo a Dios, María y José, que amaba a Jesús con corazón de Padre, están reconociendo que Éste no les pertenece totalmente. Ella lo concibió por obra del Espíritu Santo y saben que, en su identidad personal más profunda, es Hijo de Dios. El hecho de llevarlo al Templo es una confesión de la divinidad de Cristo. Estamos también ante un gesto de ofrenda a Dios. Conscientes de que Jesús es un don que han recibido de Él, saben que no son quienes han de decidir sobre su misión y su vida. Por ello lo ponen en las manos del Padre, que es quien le irá revelando su voluntad en cada momento de su existencia.

Todos los padres desean que sus hijos sean felices. Por ello, en el fondo de su corazón, todos piensan en su futuro y conciben sus propios planes para ellos. Sin embargo, la historia de tantas familias nos demuestra que estos deseos no siempre llegan a realizarse, bien porque los hijos no siempre responden a estos proyectos, o bien porque los caminos que ellos les han trazado, que son a menudo una proyección de las propias aspiraciones, no eran los adecuados para ellos. María y José, presentando a Jesús en el Templo y ofreciéndolo a Dios, están enseñando a todos los padres el camino para que sus hijos sean felices: ayudarlos y acompañarlos a estar siempre abiertos a la voluntad de Dios sobre la propia vida.

El acontecimiento de la Presentación en el Templo encierra también una dimensión sacrificial que es profetizada por Simeón. Este anciano, al decir que Jesús “será como un signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 34-35), y al anunciar a María que una espada le “traspasará el alma” (Lc 2, 35), está anunciando el misterio de la Cruz. Si la renuncia a cualquier proyecto humano sobre los hijos y la aceptación de que es Dios quien debe mostrarles el camino de su vida, es un gran sacrificio para cualquier padre, en el caso de María éste llega a su plenitud: deberá asociarse a la entrega que Jesús hizo de sí mismo al Padre para salvar a toda la humanidad. Pero, si todo sacrificio es fecundo, porque es el camino que conduce a la verdadera Vida, el de María se ha convertido en el más fecundo: por la Cruz, Cristo ha llegado a ser “luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel” (Lc 2, 32) y, por la espada que ha traspasado su corazón, a María la “felicitaran todas las generaciones” (Lc 1, 48).

En la fiesta de la Presentación del Señor, celebramos también la Jornada de la Vida Consagrada. Quienes se han consagrado a Dios, le han entregado totalmente su vida y su persona. Si creemos que la Iglesia se edifica por la entrega de cada uno de los bautizados a su misión, pidamos que no le falte nunca el testimonio de quienes se han entregado totalmente a Dios, porque sin él la Iglesia se empobrece y pierde fecundidad apostólica.


+ Enrique Benavent Vidal

Obispo de Tortosa

Religión