La homilía del Papa sobre los inmigrantes: "¡Son personas, no 'cuestiones sociales'!"

En el VI aniversario de su primer viaje como Papa, Francisco ha vuelto a recordar que los inmigrantes son personas, no un asunto más que se deba resolver

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Renato Martínez | Vatican News

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 09 jul 2019

El Papa Francisco ha vuelto a donde comenzó todo. El pontífice se encuentra en Lampedusa, la isla italiana que visitó en su primer viaje desde que fuera elegido como sucesor de Benedicto XVI. Si hace seis años Francisco ya denunció la "globalización de la indiferencia" ante las historias y el estado de los refugiados e inmigrantes, la homilía de la Santa Misa que ha celebrado hoy ha ido en el mismo registro. El Papa ha querido abrir los ojos al mundo sobre esta realidad: "¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias!" 

“En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los ‘últimos’ que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal”, ha reflexionado. 

Salvación: es Dios quien baja, se revela y salva

En su homilía, el Santo Padre comentando las lecturas bíblicas que fueron proclamadas en la celebración ha señalado que, la Palabra de Dios hoy nos habla de salvación y liberación. Refiriéndose a la salvación, el Pontífice ha recordado el viaje de Jacob desde Berseba a Jarán y el sueño que tuvo en el cual vio a los ángeles de Dios subir y bajar del cielo, y como este sueño se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo.

“La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien ‘baja’, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia”.

El refugio de los que invocan en la tribulación

“Como un eco de las palabras del patriarca, hemos repetido en el Salmo: 'Dios mío, confío en ti'. Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás, precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva”, ha subrayado el Papa Francisco,.

“Jesús revela a sus discípulos la necesidad de una opción preferencial por los últimos, que han de ser puestos en el primer lugar en el ejercicio de la caridad”.

La liberación de la enfermedad y la muerte

"Es precisamente, este confiar de modo total y extremo, lo que une al jefe de la sinagoga y a la mujer enferma en el Evangelio. Son episodios de liberación. Ambos se acercan a Jesús para obtener de él lo que ningún otro les puede dar: la liberación de la enfermedad y la muerte. Por una parte, tenemos a la hija de una de las autoridades de la ciudad; por otra, tenemos a una mujer que padece una enfermedad que la convierte en una excluida, una marginada, una persona impura. Pero Jesús no hace distinciones: la liberación se concede generosamente en ambos casos. La necesidad coloca a las dos, a la mujer y a la niña, entre esos “últimos” que hay que amar y levantar".

“No se trata sólo de migrantes”

"Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes. En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! “No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada".

Una gran responsabilidad, de la que nadie puede estar exento si queremos llevar a cabo la misión de salvación y liberación a la que el mismo Señor nos ha llamado a colaborar”

Se requiere compromiso, esfuerzo y gracia

Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco ha precisado que, parece como algo natural el retomar la imagen de la escalera de Jacob, señalando que en Jesucristo, la conexión entre la tierra y el cielo es segura y accesible para todos.

“Pero subir los escalones de esta escalera requiere compromiso, esfuerzo y gracia. Hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo”.

Finalmente, el Santo Padre ha agradecido a los diferentes inmigrantes que han llegado recientemente y que ya están ayudando a los que han venido recientemente. “Quiero agradecerles por este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad”.

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