El testimonio de Janet Aguirre, misionera Franciscana en Mali: "Manos Unidas está en nuestro corazón"

El misionero colombiano Alberto Franco ha reivindicado el papel decisivo de Manos Unidas para ayudar a salir adelante a las víctimas 

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Redacción Religión

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 12:18

En los primeros seis meses de 2019, un total de siete millones de personas tuvieron que desplazarse forzosamente porque los fenómenos meteorológicos extremos (llámense sequías, lluvias torrenciales…) hicieron imposible su supervivencia en sus lugares de origen. El Banco Mundial estima que, de no producirse un cambio, para 2050 el número de desplazados puede alcanzar los 140 millones.

África y América del Sur son los dos Continentes más afectados por estos fenómenos. Que se lo pregunten a la Hermana Franciscana Misionera de María Auxiliadora, Janet Aguirre, que en 'La Linterna' ha revelado como el río Níger pierde caudal a pasos agigantados. La misionera se encuentra en la ciudad de Kulikoró, en el país de Mali.

La Hermana Janet Aguirre afirma de manera tajante que los refugiados climáticos existen, y van a más: “Son aquellos que salen de sus casas y de su hábitat porque no tienen agua, ni recursos para comer ni tienen para cubrir sus necesidades básicas. Tienen que hacinarse en las cabeceras municipales donde están en situaciones infrahumanas. No hay solución para ello. No hay dinero.

Manos Unidas juega un papel esencial en la comunidad: “Es una ONG que está inscrita en el corazón de nuestra misión desde hace quince años en Kulikoró. Ahora estamos trabajando en un proyecto de nutrición donde Manos Unidas colabora en la construcción de pozos. Hay que hacer llorar a la tierra para que esas lágrimas mejoren los cultivos y la alimentación”, sostiene la Hermana Janet.

Por su parte, Alberto Franco es misionero colombiano. Vivió la vida de un niño campesino, y desde hace muchos años es misionero en zonas indígenas de Colombia: “Las zonas rurales de Colombia son una maravilla. Lo doloroso es que en esa maravilla la gente pase hambre y la violencia se haya convertido en el mecanismo para despojar a la gente de sus territorios. Las comunidades indígenas son las que más sufren porque cuando se marchan no están en su hábitat”.

Alberto Franco ha remarcado la tristeza con la contempla cómo la acción del hombre daña de manera constante la naturaleza: “A veces te quedas sin palabras. Estás en un territorio donde has construido una finca toda tu vida y, de repente, llega alguien con un gran proyecto detrás de minería o petróleo, junto a actores armados para despojar en una noche a los que allí viven”.

Alberto estuvo durante mucho tiempo en una conflictiva de Colombia, Arauca, después de ser ordenado sacerdote en 1989: “Hace treinta años el campo tenía una población muy numerosa, que se ha ido desocupando como consecuencia de la crisis. Pese a todo, hay esperanza para las víctimas, porque por encima de la degradación y la violencia está la gente, que saca lo mejor de sí mismo. Se han construido zonas humanitarias, han retornado al territorio o han ganado batallas jurídicas. Todo ello al esfuerzo de mucha gente y entidades como Manos Unidas, que apoyó el proceso de resistencia de estas comunidades, unió sus manos a otra gente del mundo generando una epopeya brillante”.

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