Las parroquias, los salvavidas de muchos inmigrantes

La historia de estos 13 jóvenes responde porque las parroquias son un posible "salvavidas"

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Marina Martín Álvarez
@MarinaWarlock

Redactora de 'Religión COPE'

Alfa y Omega

Semanario católico

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 12:10

Habib, Abu, Aliu, Moses, Yves, Otto, Mohamed, Osman… son algunos de los 13 chicos que conviven en la parroquia Nuestra Señora de la Paz, en Madrid. Llevan en España apenas unos meses.

Estos jóvenes comen y duermen bajo un mismo techo, junto a Francisco Pozo, el párroco, Fran, como todos ellos le llaman. Así conforman una comunidad atípica, en la que se conjugan los verbos acoger y soñar.

La Conferencia Episcopal Cáritas han recordado con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres que "uno de los objetivos prioritarios de la celebración es redescubrir el valor de estar junto a las personas más pobres y vulnerables de nuestras comunidades, a través de la oración comunitaria y la comida del domingo, el banquete de la Eucaristía".

Algunos de ellos han tenido que huir de su casa por la mala situación de sus países, porque no tenían para vivir y no encontraban trabajo. Países como Colombia, Costa de Marfil, Sierra Leona, Guinea Conakry y Camerún. Ellos y sus familias estaban amenazadas por narcotraficantes, ya que la corrupción en esos estados les impedía simplemente trabajar y vivir con dignidad. Allí no tenían otra salida que ingresar en el ejército.

La mayoría ha atravesado el desierto andando, o ha cruzado en patera el Estrecho, o ha saltado la valla de Melilla, o bien ha pasado varios meses en cárceles africanas esperando su turno para seguir su camino hacia el nortE. En todos se muestra un rostro satisfecho por haber alcanzado su sueño europeo, pero al mismo tiempo cargado de incertidumbre por no saber cuál va a ser su futuro aquí.

«Podíamos ofrecer más»

Ellos fueron los primeros migrantes africanos atendidos desde principios de este año por la Mesa por la Hospitalidad de Madrid, gracias a cuyos recursos de emergencia fueron pasando primero por varias parroquias madrileñas hasta acabar todos en casa de Fran, donde conviven además con dos jóvenes españoles del barrio.

"Vinieron aquí al principio por un mes –explica el párroco–pero al poco tiempo nos dimos cuenta de que podíamos ofrecer más si habilitábamos un par de habitaciones grandes que tenemos en la vivienda de la parroquia. Y además nos pareció buena idea porque así evitábamos que tuvieran que irse con sus cosas de un lugar a otro prácticamente cada mes. Teniendo la posibilidad, era una pena perder esa oportunidad de darles una perspectiva de vivir de forma más estable, más pensando en el largo plazo".

"Para mí ha sido una experiencia muy de Dios –se sincera Fran–, porque yo no lo he buscado. Hace cuatro meses ni se me había pasado por la cabeza hacer esto. Pero cuando me llegó la petición del Arzobispado se lo comenté a uno de los chicos españoles que vive conmigo aquí y me dijo: “¿Por qué no nos lanzamos?”. Y a pesar de tener mucho lío en la parroquia, nos pusimos a rezarlo y durante los días siguientes toda la liturgia y la oración parecía que nos empujaban a hacer esto. Vimos que era de Dios y nos lanzamos. Para mí ha sido como acoger a Cristo en casa".

Lo que empezó como un recurso de emergencia se convirtió de la noche a la mañana en una convivencia estable con un marcado acento familiar.

"Fran ha abierto su casa para nosotros", reconoce un Habib agradecido, con una sonrisa en el rostro. "Quiero darle las gracias a él y a sus compañeros, por estos meses aquí. Juntos hacemos muchas cosas importantes. Vivimos aquí como en nuestra propia casa. Es nuestra casa y nuestra familia. Todas las parroquias se han portado muy bien con nosotros".

En la casa, el día a día es el de una familia normal. Se levantan por la mañana y se van a estudiar, cada uno lo suyo: algunos estudian español, otros cursan la ESO, otros jardinería o cocina en cursos oficiales de formación para adulto. Luego vuelven a casa para comer, y por la tarde tienen tres horas de español para reforzar el idioma. Por la noche hay turnos para hacer la cena y, "como en cualquier familia", se reparten las tareas de la casa y de limpieza. Por la noche, charlan entre ellos y llaman a sus familias en sus países de origen. "Tiramos mucho de wifi", comentan entre risas.

Un grito a nuestra sociedad

Hay espacio para la espiritualidad. Varios de ellos son cristianos, pero el resto son musulmanes, por lo que Fran ha habilitado un espacio dentro de la casa para puedan acudir allí a rezar sus oraciones. Además, cada día uno de ellos es el encargado de bendecir la mesa, cada cual con sus palabras: "Rezamos juntos al mismo Dios. Es un gran testimonio que merece la pena", dice el párroco, quien reconoce sentirse impresionado por otro testimonio que ofrecen los procedentes de Camerún: "Algunos son de la zona de habla inglesa y otros de la zona de habla francesa, que en su país son enemigos. Aquí vivimos todos en paz. Es posible vivir como hermanos aunque tengamos diferencias y aunque pensemos de manera distinta".

La Comisión Episcopal de Pastoral Social propone a comunidades y parroquias de toda España que las personas que integran los proyectos pastorales y sociales preparen la Eucaristía del domingo, "dando un espacio explícito de participación a las personas y colectivos más vulnerables de la comunidad". La propuesta es que, en la celebración, personas acompañadas y acompañantes tengan todos juntos la oportunidad de compartir y celebrar. Y al terminar la Eucaristía, un aperitivo compartido muy sencillo en los locales de la parroquia, "que permita el encuentro de todas las personas de la comunidad, conocerse y charlar fraternalmente".

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