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Imparables

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José Melero y Fran Simón

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    El violento encontronazo entre una madre y un hijo a causa del juego: “Llegamos a las manos”

    Carlos jugaba una media de 17 horas diarias a los videojuegos durante su adolescencia 

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    Tiempo de lectura: 3'Actualizado 16:51

    La guerra declarada a los videojuegos ha sido uno de tantos quebraderos de cabeza para los que han ejercido la dura tarea de la paternidad o maternidad desde finales de la década de los setenta y hasta la actualidad. Con matices y diferente evolución, las cuatro últimas generaciones han caído en las garras de las video consolas. Una 'esclavitud' de la que muchos no se han liberado ni siquiera en su etapa adulta.

    El sistema y las formas de jugar ha evolucionado mucho en estas tres décadas con los avances tecnológicos. Hoy lo normal es hacerlo vía online a través de ordenadores o dispositivos móviles, lo que ha provocado que la presencia de los videojuegos esté más al alcance de la mano, lo que ha traido consigo mayores índices de adicciones.

    Carlos, como tantos chavales de su edad, comenzó a jugar a los videojuegos a los 13 o 14 años. Lo que no era tan normal era el nivel de adicción que llegó a padecer. En sus primeros años como universitario, entre los 18 y los 20 años, perdió el control de la situación. Paso del vicio a la adicción sin darse apenas cuenta. Ahora, con 23, está rehabilitado: “Crees que estás haciendo lo normal, porque la mayoría de los chavales de mi edad juegan, pero cuando te das cuenta ves cómo todas tus alegrías o frustraciones se reflejan en el juego. Cuando estaba alegre jugaba como recompensa, y cuando estaba triste, era una forma de desahogarme. Así se fue haciendo una pelota gigante.”

    Según él mismo relata, su récord al frente del ordenador ha sido de 48 horas seguidas: “Perdí la noción del tiempo. Tomaba bebidas energéticas para aguantar. Quería subir al máximo nivel en los juegos en poco tiempo, y lo conseguí, pero no me sirvió de nada, porque ni me cuidaba ni hablaba con nadie.”

    En ocasiones, este tipo de adicciones pone de manifiesto un problema a la hora de relacionarse con los demás. No era el caso de Carlos, que siempre fue un chico muy extrovertido: “Soy muy abierto, hablo con cualquiera. Siempre he tenido muchos amigos, pero lo que me gustaba eran los videojuegos y los ordenadores. Con el tiempo, mantengo esas habilidades, pero cuando estaba en mi auge perdí amistades, me distancié, mi familia estaba destrozada, apenas hablábamos. Alguna novia incluso se quedó por el camino. Yo pensaba que la culpa era de ellos por no contar conmigo, pero era al revés realmente.”

    La Organización Mundial de la Salud ha reconocido como enfermedad la adicción a los videojuegos, pese a que la sociedad no ha tomado consciencia de ello. Carlos desarrolló su enfermedad especialmente tras ingresar en la Universidad, cuando se fue a vivir a un piso junto a sus amigos de toda la vida, que fueron los primeros en advertir del problema: “Me aconsejaban que lo dejara, que no había aprobado ninguna asignatura... Pero cuando te aconsejan, el adicto siempre lo niega todo, me escudaba en el que todo el mundo juega, y que ya remontaría el curso. Es decir, rechacé cualquier intento de ayuda.”

    Nuestro protagonista no estaba dispuesto a cambiar, hasta que un día dio el paso y acudió a la Asociación de Jugadores de Azar en Rehabilitacion de Málaga: “La primera vez fui con mi madre. Ya no quise ir más, y me seguía refugiando en los videojuegos, de lunes a domingo una media de entre 15 y 17 horas. Apenas comía, descuidaba el físico, mi higiene personal, suspendí todas las asignaturas... Fue en ese momento caótico cuando ya me convencí de que necesitaba ayuda.”

    Tras meses de tratamiento, Carlos recibió hace dos semanas el alta terapéutica: “He conseguido que los videojuegos hayan salido de mi vida. No lo necesito para vivir. Tengo alternativas como los amigos, la familia, la novia, la música, el cine, el deporte...”

    Pero su rehabilitación no fue un camino de rosas: “Para nada. Al principio, la propia adicción trataba de convencerme de que lo correcto era jugar. El mono existía. Pero hay que reponerse y mentalmente ser fuerte para no dejarse llevar y recaer.”

    Quienes también lo pasaron mal, fue la familia de Carlos: “Nunca quería ir a casa. Mis padres incluso me tenían miedo porque todo era una discusión constante. Me acostaba muy tarde, mis padres apenas dormían. Recuerdo que mi madre se levantaba a veces para arrancarme el router de las manos. Aquello se desmadró. La relación entre mis padres también se deterioró en aquellos años.”

    Hoy, la adicción de Carlos es pasado y ha retomado sus estudios de Ingeniería de Software. Pese a estar ligada a la informática y por consiguiente a los juegos online, tiene claro que no quiere volver a las andadas.

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