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El testimonio de un guardia civil que protegía a concejales vascos amenazados: "Veían sus caras en una diana"

Alejandro tiene reconocida una minusvalía del 80% como consecuencia del atentado de ETA que sufrió en el año 2000

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Tiempo de lectura: 2'Actualizado 14:18

Alejandro es un guardia civil retirado desde hace casi dos décadas, tras el atentado que sufrió en noviembre del año 2000 por parte de la banda terrorista ETA, en el cuartel de Irún, donde este extremeño que reside actualmente en Murcia fue destinado.

El atentado le provocó heridas graves que le dejó una minusvalía del 80%. Desde entonces ha sido intervenido quirúrgicamente en 19 ocasiones y toma diariamente casi una veintena de pastillas para calmar sus dolores.  En 2002 se vio obligado a abandonar con su familia el País Vasco, ya que fue objetivo del 'Comando Donosti'.

Su vida comenzó a cambiar en 1992, cuando voluntariamente solicitó su traslado a Euskadi, dada la demanda de escoltas que existía para proteger a alcaldes y concejales amenazados por la banda terrorista: “Yo pedí el traslado voluntario porque entendía que todos los guardias civiles debíamos pasar por allí para luchar con los que defendían la democracia. Fueron años durísimos. Mi familia lo vio como una locura, pero nunca me eché atrás. De hecho, hoy lo volvería a hacer. Me siento orgulloso de haber defendido a España”.

Alejandro fue escolta de políticos pertenecientes al PP y al PSOE vasco: “Cada situación era un mundo, porque había desde concejales que estudiaban o trabajaban en la Universidad, y les teníamos que acompañar, hasta una concejal de Rentería (San Sebastián) que tenía como oficio limpiar bares, y teníamos que escoltarla a las cinco de la mañana mientras limpiaba”. 


Se trataba de un trabajo de alto riesgo, del que Alejandro salió mal parado. Llegó a hacerse amigo de muchos de sus protegidos: “Te haces amigo íntimo de ellos debido a la soledad en la que vivían. Los concejales y alcaldes que estaban amenazados se veían solos en el País Vasco, porque los amigos y vecinos se pasaban a la otra acera cuando les observaban con los escoltas. Daba pena”.

Los escoltas eran en la práctica un miembro más de la familia, que acompañaban a los políticos a su trabajo, las actividades extraescolares de sus hijos e incluso en las comidas familiares: “Lo más llamativo era la soledad que padecían, después de poner su vida en juego por una Euskadi en libertad”.

En esta difícil coyuntura, preparar los dispositivos de seguridad no era tarea sencilla. Requería de un protocolo riguroso: “Antes de que llegáramos los escoltas, había un equipo de vigilancia que limpiaba la zona, se fijaban si había coches habituales o no, los contenedores y papeleras se revisaban de arriba abajo... Nosotros trasladábamos a los políticos en nuestros vehículos, no en los suyos propios. Teníamos que revisar debajo de los coches, las escaleras, quienes entraban y salían... Y cuando llegabas a los ayuntamientos en muchos casos nos estaban esperando la 'kale borroka' para amenazarles, escupirles, insultarles...”

Una etapa de nuestra historia en la que muchos de los políticos vascos accedían a su puesto de trabajo con la cabeza gacha: “Se jugaban la vida por la seguridad de los vecinos y veían reflejadas sus caras en una diana. No se les ha reconocido a esta gente su labor realizada después de tantos asesinados, secuestrados...”

Pese a la ausencia de memoria, lo cierto es que Alejandro tiene el honor de haber sido condecorado el pasado once de octubre con la Medalla al Mérito de la Guardia Civil con Distintivo Rojo, la más alta condecoración a un agente de la Benemérita en vida. Pese a su orgullo, desea que no sea necesario realizar estas condecoraciones jamás, ya que tan solo la conceden a los agentes que hayan fallecido o hayan quedado incapacitados en acto de servicio: “Fue un día emocionante estar vestido de uniforme otra vez”.

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