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La foto: "¡Qué dolor de madre!"

Fernando de Haro cierra la semana

Tiempo de lectura: 2Actualizado19:20

La foto que me ha llamado la atención la publica hoy El Mundo. Es el retrato del comedor de un albergue. En primer plan aparece una mesa a la que está sentado una madre joven y su hija. De fondo, otras mesas. Mesas con familias nutridas, con conversaciones que parecen animadas. En la pared un poster de la Virgen de Guadalupe. Se puede oír en la foto el ruido del comedor, las conversaciones animadas a pesar de todo lo pasado, porque delante de una cena, incluso los que creen conocerse de siempre acaban explorándose mutuamente y explorando el mundo. Se puede oler en la foto el guiso de frijoles, se pueden oler los cuerpos sufridos, esforzados, resignados, alejados de la familia. Los cuerpos de los que están lejos de los suyos huelen de un modo diferente, huelen a ausencia, huelen a nostalgia, huelen a horfandad por más que se les frote y se les lave. Los cuerpos de los que están lejos de los suyos no llevan las heridas solo en los ojos, también las llevan en la piel.

La mujer del primer plano foto cena sola, en silencio, ajena al ruido que le rodea. Tiene la mujer el pelo muy negro, hilos de una caoba recia que se le hacen coleta. Tiene la mujer de la foto una belleza india, de pómulos como pedernales, de manos chiquitas, graciosas. Tiene la mujer sola un vestido de rosa que le cae en cascadas de volantes desde el pecho. La mujer come un plato de frijoles y huevos y se ayuda con un trocito de pan que sostiene con gesto limpio y elegante de princesa. La niña, la hija que tiene al lado, canija, bebe agua en un baso de plástico. Al lado de una madre toda el agua que se bebe acaba de salir de un manantial fresco. La madre, la princesa de caoba, está sola de hombre y está sola de familia. Sin decirle a nadie tuya, sin escuchar de nadie mía. La madre está quizás abandonada, sin duda con el alma devastada. ¡Qué dolor de madre¡ Ya le cogería yo sus manitas y ya le diría yo: tú eres la preferida.