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Foto del día: "Y todavía seguimos pronunciando la palabra libertad sin temblar ante su misterio"

 

Tiempo de lectura: 2Actualizado19:29

La foto que me ha llamado la atención la publica hoy la Razón. Es una foto que he mirado decenas, quizás cientos de veces. Pero a veces, pocas veces en realidad, sucede que vuelves a mirar lo que ya crees conocer y te das cuenta de que lo habías mirado mal y poco. Y, de pronto, por algún extraño imprevisto, descubres aspectos en los que no habías reparado. O simplemente te das cuentas de que la primera vez te perdiste lo esencial de un retrato y que después lo has mirado muchas veces sin haberlo visto de verdad. La foto que me ha llamado la atención es una de las fotos oficiales de Stalín, el segundo gran líder de la Unión Soviética. Aparece todavía relativamente joven, en su despacho, con una guerrera perfectamente planchada y con grandes botones que relucen. No llega a sonreír la boca de Stalin que está prácticamente cubierta por un espeso bigote. No llega a sonreír pero hay algo en el gesto de los labios y en el de los ojos que parece estar buscando una cierta afabilidad, una cierta cordialidad. El líder soviético posa bajo un gran retrato de Karl Marx y apoya sus brazos en un escritorio. Sobre la mesa reposa también una botella de cristal macizo, con un elegante tapón. Botella que puede ser de agua o de vodka. Y además de la botella, un cuenco que seguramente quiere hablar de frugales comidas y hay también en la mesa un cubilete con lapiceros. Stalin posa entre sus cosas, condescendiente, sereno. El hombre de la foto mandó ejecutar a un millón y medio de disidentes políticos, torturó a cinco millones de personas hasta la muerte en los gulags, en los campos de trabajo, mató de hambre a cinco millones de personas con sus políticas agrícolas en Ucrania. Antes de morir algunos se hiceron caníbales. El hombre de la foto causó la muerte de quince millones de muertos. Y el cristal de la botella de su escritorio no se fundió, seguía conteniendo agua. Y su cuenco no se rompió y su guerrera seguía estando planchada y pudo seguir posando ante la cámara sin que se desintegrara. El universo no se desplomó sobre la cabeza del genocida. Sus cosas seguían su sitio, el destino, el cielo respetó la libertad del genocida a pesar de su terrible precio, del gran mal, del inmenso mal desatado. Y todavía seguimos pronunciando la palabra libertad sin temblar ante su misterio.