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‘El Bueno, el Feo y el Malo’ de Jorge Bustos

Nos encontramos en el engañoso momento de calma que precede a la tempestad. Es cierto que se ha activado ya el 155, pero este artículo no irrumpe como un huracán, empieza más bien como una suave brisa que va cogiendo fuerza, primero removiendo el flequillo de Puigdemont y quién sabe si al final no acabará levantando los tejados de la Generalitat y suspendiendo por completo la autonomía de una región declarada en rebeldía. Mientras llega la respuesta al requerimiento del lunes, que coincidirá con la declaración de los Jordis ante el juez, vamos a fijarnos ahora en un hombre bueno que falleció ayer sirviendo a su país.

Tiempo de lectura: 2Actualizado03 oct 2018

El bueno: Borja Aybar

El piloto que murió en su día, cumpliendo su misión, por circunstancias que aún no están del todo claras. Tampoco se descarta la hipótesis admirable de que prefiriera no eyectarse para mantener la trayectoria de la aeronave fuera de zona poblada, sacrificando así su vida por proteger la de los demás, actitud que es el heroico resumen de la vocación militar. De momento poco me importa que sufriera un desvanecimiento o que fallara la mecánica del Eurofighter: importa que el capitán Aybar, que tenía mis mismos 34 años, y una esposa y un bebé de cuatro meses esperándole en la base, murió como mueren los soldados, sirviendo a su país, enalteciendo su fiesta nacional y dejando con el humo fatal del accidente la estela de un ejemplo edificante. Serena saber que una nación que cuenta con hombres así no será fácil de destruir. Sobre todo viendo la calaña de lo que hay enfrente.

El feo: señor Iglesias 

Que es el feo de la semana y de todo el Procés, en el que nunca se ha sentido cómodo. Porque aquel patriotismo transversal que vendía Podemos ha quedado violentamente desenmascarado en esta crisis catalana, en la que don Pablo y sus mariachis, se han decantado por el bando de quienes planean la ruptura de España, con la consiguiente incomprensión de muchos de sus votantes, que ahora se baten en retirada desengañados. Lo sorprendente es que alguna vez creyeran que a Iglesias le importó alguna vez la unidad de la nación, la concordia civil o la defensa del proletariado que también cuelga su bandera rojigualda en el balcón, como se ve en tantos barrios obreros estos días. Cuando se trata de defender España, Iglesias está más perdido que un tronista en la feria del libro. Porque en realidad a Iglesias le repugna España, le repugnan sus símbolos y sus gentes, que no le votan todo lo que él cree que se merece. Y próximamente le votarán mucho menos. Por traidor a España y por pagafantas de los indepes.

El malo: los Jordis

Mis tocayos menos honorables. Uno dirige la Asamblea Nacional Catalana y el otro Òmnium Cultural, pero su actividad me resulta tan nauseabunda que ni siquiera voy a acercarme a consignar sus apellidos. Los Jordis tienen un problema serio, que se llama sedición, y que cursa con penas nada leves. Porque alentar, no ya el odio de los catalanes contra el resto de españoles, sino el de unos catalanes puros contra otros impuros no puede salir gratis. Lo de los Jordis no es activismo: es guerracivilismo. No es la revolución de las sonrisas: es la siniestra coreografía norcoreana de la uniformidad forzosa y de la persecución del discrepante por barrios y calles. Buena parte del ambiente venenoso que se respira hoy en Cataluña lo han creado estos dos sujetos a los que solo deseo, a partir del mismo lunes, el ingreso en una celda llena de quinquis pedagógicos que les enseñen nociones básicas sobre convivencia y civilidad carcelaria. Quizá salgan de allí rehabilitados y arrepentidos, tras un máster intensivo en rencor social.