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TOROS LAS VENTAS

Una orejita y casi una Puerta Grande que hace tambalear el rigor de Madrid

Javier López

  • Agencia EFE

Javier López

El novillero Rafael González cortó una oreja en el festejo dominical de Las Ventas, un premio de lo más condescendiente, no por su actuación, sino por el nulo rigor demostrado por parte de los espectadores que acudieron hoy a Las Ventas, que por poco le acaban abriendo también la Puerta Grande.

FICHA DEL FESTEJO.- Novillos de José Luis Pereda, tercero y cuarto con el hierro de La Dehesilla, grandones, algunos con hechuras de toro, y edades, pues uno de ellos ya había cumplido los cuatro años, y a dos de ellos les faltaba un mes. Envío mansurrón y sin clase en conjunto. El más franco, el tercero. Los dos primeros, los más ásperos.

Ángel Jiménez, de carmín y oro: estocada caída con derrame (silencio); y pinchazo hondo arriba y dos descabellos (silencio tras aviso).

Pablo Atienza, de verde hoja y oro: pinchazo, media muy baja y atravesada (silencio); y dos pinchazos, estocada enhebrada y descabello (silencio tras aviso).

Rafael González, de sangre de toro y oro: estocada desprendida (oreja); y pinchazo y estocada (vuelta al ruedo tras petición de oreja).

La plaza registró más de un cuarto de entrada (7.614 espectadores, según la empresa) en tarde gris, con viento y progresivamente fría.

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UNA PELIGROSA Y DAÑINA RUTINA

Madrid ha perdido definitivamente el norte. Está visto que cortar orejas en la primera plaza del mundo se está convirtiendo en una peligrosa y dañina rutina.

Peligrosa porque demuestra que el rigor de cierto espectador -que no aficionado- capitalino está cada vez más por los suelos; y dañina porque no se puede regalar triunfos a diestro y siniestro, y menos a chavales a los que, lejos de ayudarles, les puede acabar perjudicando por lo engañoso de dicho éxito.

Hoy le tocó a Rafael González, al que tampoco se le pueden poner peros a su entregada actuación de novillero en ciernes, pero lo que da realmente miedo es pensar lo que puede pasar en San Isidro. Un escenario perfecto para que luego haya quien presuma de récords históricos, aunque la realidad esté en las antípodas de ese "orejismo" compulsivo que se avecina.

Quede dicho otra vez que bajo ningún concepto se puede decir que González estuviera mal, pues en su haber hay que destacar que tiene cosas muy buenas, pero ni la faena al tercero fue de oreja y, ni mucho menos, la del sexto, por mucho que la gente la pidiera insistentemente. A decir verdad fueron dos labores para volver a poner en alza el valor de una vuelta al ruedo en Madrid.

Ese primer novillo de González, tercero de función, fue el más feo de un grandón y serio envío de Pereda, pero, a su vez, fue el que se movió con más franqueza de los seis. El madrileño lo pasó con temple y limpieza en dos primeras tandas a derechas que hicieron presagiar que aquello podía adquirir tintes triunfales.

Pero pronto le entraron las prisas, pues a la tercera serie se le vio más acelerado. El cambio a la zurda tampoco ayudó, aunque una fea voltereta volvió a meter a la gente en la faena.

Enrabietado, volvió el hombre a la carga con un desglose de toreo accesorio en el que no faltaron cambiados por la espalda, alardes mirando al tendido, manoletinas y una estocada entrando muy despacio, recto como una vela, aunque se le fuera una cuarta desprendida. Dio igual. La gente estalló de contento y le premiaron con una generosa orejita.

Pero lo preocupante llegó en el sexto, otro novillo noblote al que González diseñó una faena decorosa, digna, e, incluso, con pasajes aislados también estimables sobre la zurda.

Lo asombroso fue que apenas le jalearon, la gente no había entrado en la faena, de ahí que no se explique el afloramiento desmedido de pañuelos tras un pinchazo y una estocada, que esta vez sí cayó en todo lo alto.

Bien aquí el presidente en la salvaguardia de la categoría de la primera plaza del mundo, aunque no tanto del reglamento.

Ángel Jiménez se las vio y se las deseó ante un primero mansurrón, que no humilló y planteó muchos problemas por los dos pitones. El sevillano anduvo con ganas, con decisión, pero sin poder resolver. Y algo parecido con el cuarto, otro novillo grandón y a contra estilo el fino concepto de Jiménez, que puso nuevamente mucha voluntad en otra faena de escaso relieve.

El primero de Atienza fue un novillo que ya de salida amagó con pararse, además de medir también tela en los capotes. En la muleta no mejoró, desplazándose con brusquedad y la cara natural. El segoviano presentó batalla a base de entrega, aunque en lo artístico poco se le pueda anotar.

El quinto, además de desclasado, fue el que más se agarró al piso. Otra vez puso empeño Atienza en un trasteo que nunca pasó del disparadero.

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