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Paciencia y realismo en China

Desde hace años la Santa Sede dialoga con el gobierno chino con objeto de garantizar el espacio indispensable de libertad que permita a las comunidades católicas vivir unidas y en comunión con el Papa. En los últimos tiempos ese diálogo ha ido tomando cuerpo; poco a poco se han aclarado malentendidos profundos y se han producido diversos gestos de distensión en el ámbito cultural, en las manifestaciones públicas, incluso se ha llegado a acuerdos concretos para proveer algunas sedes episcopales.

Pero este arduo camino sigue salpicado de contradicciones, de avances y retrocesos que el cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, ha calificado con fina ironía como “el baile de San Vito”: dos pasos adelante y uno atrás. Es un diálogo que requiere sinceridad, realismo y mucha paciencia. Las opiniones pueden ser contrastantes pero es deseable que, en nuestra propia casa, concedamos un crédito a quienes lo llevan adelante, sin pensar a cada paso que se trata de malvender la libertad de la Iglesia o la memoria de los mártires. No se podrán evitar situaciones dolorosas cuando se trata de restablecer la unidad entre quienes han vivido la fe en la clandestinidad y quienes han aceptado diversas formas de control del régimen. Pero como ha dicho el obispo José Wei, a quien el régimen no reconoce: “hemos sufrido todos estos años por nuestra fidelidad al Papa, ¿y ahora vamos a desconfiar de él?”

El cardenal Parolin ha explicado que el objetivo de las negociaciones no es político. Se ha comenzado por el espinoso tema del nombramiento de los obispos porque es la llave para favorecer la unidad de las comunidades y su vínculo con el Papa, una prioridad ya establecida por Benedicto XVI en su Carta a los católicos chinos. Ante la pregunta de por qué la Santa Sede negocia con un régimen comunista que no reconoce la libertad religiosa, Parolin ha respondido con gran realismo que “si no fuera comunista y respetara la libertad religiosa, no sería necesario negociar, porque ya tendríamos lo que queremos”. Efectivamente, y conviene recordar que lo mismo sucedió tras el Telón de Acero en la posguerra, o actualmente en países de mayoría islámica.

El acuerdo que pueda alcanzarse, si llega, será imperfecto y contingente, y de ningún modo supondrá que la Iglesia olvide el tesoro de sus mártires. Se trata de ayudar a que la fe pueda ser vivida y comunicada hoy en un país inmenso y dinámico, en el que las nuevas generaciones buscan dramáticamente el sentido de sus vidas. A esa cita no podemos faltar.

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