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La dictadura de los “nuevos derechos”

Manuel Cruz

La opinión de

Hace años se desató una curiosa polémica en los medios de comunicación sobre un tema que, en realidad, importaba bien poco a la opinión pública. Se trataba de responder a la pregunta de si los obispos hablaban poco o demasiado. Estaba en su apogeo entonces una supuesta división entre obispos “progres” y obispos “conservadores” para difereciar a los que seguían con fervor a Juan Pablo II y los que lo criticaban.

Eso ya no se plantea ni siquiera para alimentar de paja las tertulias de los “todólogos”, como llama mi viejo amigo Vicente Talón a esos compañeros que e ganan ahora la vida opinando en las tertulias de todo y sobre todo, con su sabiduría de expertos en nada. Pero, en fin, el caso es que mi también amigo José María Gil Tamayo, portavoz de los obispos, ha salido a la palestra como un rayo apenas se ha presentado en el Congreso una proposición de Ley destinada a legalizar e incluso a impulsar la eutanasia como uno de los “nuevos derechos humanos”. Ni que decir tiene que la propuesta legislativa parte del PSOE dirigido por Pedro Sánchez, que no sabe qué hacer para quitarle votos a Podemos.

Lo que ha dicho Gil Tamayo, que todavía no es obispo, ha sido que esa ley que el socialismo quiere imponer –con la ayuda de su principal rival en la busca del radicalismo social- es todo un monumento a la insolidaridad y al descarte humano. Más aún: ha dicho con su olfato periodístico, que la proposición es un “corredor de la muerte”. Ha tenido Gil Tamayo el buen cuidado de no mencionar la denostada –y asumida- ley del aborto libre, impuesta por el antecesor de Sánchez, el malhadado Rodríguez Zapatero, que estos días se prodiga en los canales de televisión amiga para atribuirse, de alguna manera, la supuesta defunción de ETA.

Pero hablaba de la eutanasia, sobre la que ahora se le ha ocurrido legislar el “inefable” Sánchez (“inefable”: adj. Que no se puede explicar con palabras). ¿Y por qué ahora? Pues muy simple: porque según los sondeos que hace el PSOE, nada menos que el 80 por ciento de la población admite ya como un derecho la “muerte dulce”, no solo para quien no quiere sufrir más –se entiende que el paciente, aunque sus familiares tomen parte en la decisión como sufrientes- sino para el que lo desee, siempre que sea plenamente consciente de lo que pide. Pero lo que me llama la atención es ese sondeo de opinión elaborado por el PSOE que, de ser cierto, podría ser esgrimido por todos los partidos para sumarse a la “humanitaria” idea de esta genial izquierda que no cree suficiente el vertiginoso encanallamiento (canalla: gente baja, ruin y despreciable, desprovista de principios) de una sociedad entregada a los sentimientos como bastión de la convivencia social.

En realidad, la política dejó de ser hace tiempo un quehacer ordenado al bien común para convertirse en un mero instrumento de poder. Lejos de los políticos está la funesta manía de pensar, de razonar, para acentuar en los ciudadanos los valores que han cimentado nuestra civilización. Todo lo contrario, lo que priva en la llamada “nueva política” –como el socialismo del siglo XXI de Nicolás Maduro o de Daniel Ortega como imitadores del castrismo- es la capacidad de engañar y seducir al cuerpo electoral, de manera que acepten como novedoso y deseable todo aquella que tienda a destruir la civilización yl a cultura heredadas del pasado. Se reescribe la historia, se menosprecia la vida, se descarta al inválido, se odia al contrario, se corrompe la verdad, se diluyen las libertades en nombre del relativismo, se hace gala de la burla a la sabiduría y al esfuerzo humano por mejorar social y personalmente, desaparece la responsabilidad y se justifican los errores siempre que no los cometa el contrario. ¡Y luego nos quejamos de los abusos sexuales, de la violencia de género, de los acosos escolares, del machismo y de otras lacras sociales que son valoradas a su antojo por los encargados de administrar justicia! (Por cierto, ¿ha surgido alguna voz en defensa del ministro Catalá entre las airadas feministas contrarias a la suave sentencia contra “La Manada”?).

En fin, ¿hablan poco o mucho los obispos y sus portavoces? No creo que la gente se ocupe de eso en este tiempo. Ya habla por todos el Papa Francisco, al que no parecen importar mucho las polémicas que puedan suscitar sus palabras, con frecuencia interpretadas ladinamente por sus admiradores y detractores. Pero se agradece mucho que haya saltado a la palestra el portavoz de la Conferencia Episcopal para cortarle el paso a la aventurada y taimada propuesta socialista destinada a elevar la eutanasia a la categoría de derecho humano, a cargo, eso sí, de la Seguridad Socvial que pagamos todos los españoles, con olvido de la buena practica sanitaria de los cuidados paliativos aplicada a los enfermos terminales.

La pregunta ahora es qué van a hacer los liberal-conservadores para oponerse a la iniciativa socialista. Pero visto lo visto con el aborto libre, nada puede esperarse de ellos, salvo un recurso al Tribunal Constitucional que se eternizará hasta que la sociedad se haya encanallado lo suficiente para asumir la dictadura de los “nuevos derechos”, pensados expresamente por el llamado progresismo para acabar con la cultura judeo-cristiana, exactamente lo mismo que pretende el islamismo radical desde el lado opuesto del acoso a la civilización occidental.

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