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TOROS

La sinceridad y el concepto de Ureña siguen intactos

La sinceridad y el concepto de Ureña siguen intactos

COPE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 16 mar 2019

Atronadora. Una mascletá de aplausos sonó tras el homenaje que se tributó a Santiago López. Volvía Paco Ureña. Medio año después después de su percance en Albacete, el murciano se volvía a vestir de luces. El triunfo del hombre primero y del torero después. Sin su ojo izquierdo, pero con un corazón aún más grande para sobreponerse a las adversidades de la vida y del toreo. Para el fueron los focos de atención en el inicio de un festejo que quedó en un mano a mano entre Ponce y Ureña tras la baja de Manzanares.

Pronto se hizo presente en el ruedo Ureña. En el quite del primer toro de Juan Pedro. Por gaoneras de asfixiante embroque. Como si no hubiese estado apartado de esto. Después Ponce estuvo aseado con un animal sin raza y acometividad desde la segunda tanda. Intentó el de Chiva su clásica rueda de medios pases escondiendo la pierna de salida. Pero ni para eso valió el toro. Lo despachó de un pinchazo y media muy baja.

Otro toro de escasas prestaciones fue el anivillado segundo. Hasta se escucharon palmas de protesta del amable público valenciano. El castañito de Juan Pedro se movió sin celo ni maldad. Ureña lo intento por ambos pitones sin conseguir nada lucido. Al de Lorca se le vio a gusto y hasta sonriendo. Pero aquello no rompió. Dos pinchazos previos a la estocada dejaron todo en un correcto silencio.

Trajo más entidad en su seriedad el tercero, un ‘juampedro” tan noble como soso. Ponce levantó un trasteo de periferias pero ligado y muy gesticulante con los tendidos. Eso llegó a los paisanos, que le obsequiaron con una oreja de escaso valor tras una estocada muy baja.

La que sí tuvo peso fue la oreja que paseó Ureña en el cuarto, otro toro al límite de todo pero con el suficiente fondo de nobleza. El murciano, más asentado, volvió a mostrar su concepto ortodoxo y puro. Sobre todo al natural, por donde llegaron dos tandas de rotundo y profundo trazo. Ureña volvía a ser Ureña. Sincero en el esfuerzo y sin un gesto de más. Todavía llegó otra serie más en redondo donde llevó muy obligado y hasta el final al de Juan Pedro. La estocada, precedida de un pinchazo, tiró patas arriba al toro. La oreja, más que justa.

El quinto fue el toro que más empuje tuvo. Esa movilidad y acometuvidad la aprovechó Ponce para firmar una primera parte del trasteo en el que primó la estética y la ligazón al mando. Sobre todo en el toreo en redondo. Después hubo cierto desacople en toques, sacándole del carril al toro en varias ocasiones. Lo acusó el animal después. Al natural se fue diluyendo el trasteo del valenciano. Un rosario de pinchazos se llevaron por delante cualquier atisbo de trofeo para Ponce.

Con el sexto retomamos la senda de los toros sin alma ni vida de Juan Pedro. Mucha nobleza y poca raza. El astado iba y venía sin maldad, pero sin decir nada en su anodina embestida. Ureña dejó muletazos largos a derechas, pero a la faena le costaba llegar arriba. Al natural el toro se le coló y le puso los pitones en la hombrera. Siguió porfiando por este pitón el torero aún a sabiendas del poco recorrido del toro. Se agradeció la apuesta. El calor llegó en un arrimó final muy sincero y un epílogo por bernadinas en el que los pitones lamieron la banda de la taleguilla. La espada le alejó de la puerta grande, pero no del cariño de la gente y la alegría de ver de nuevo el Ureña de siempre.

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